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Cae Colombia, la última pieza del dominó andino

La victoria del ultraderechista Abelardo de la Espriella en Colombia, muy buscada desde la Casa Blanca, confirma un giro político sin precedentes en Latinoamérica.

Ni más ni menos que once de las últimas catorce elecciones presidenciales han dado el triunfo a fuerzas de derecha y extrema derecha de tendencias iliberales. Detrás del fenómeno: el faro trumpiano, la CIA y el control de los algoritmos y la arquitectura digital por parte de los nuevos señores tecnofeudales. Latinoamérica es, ahora más que nunca, el patio trasero de los EEUU, a pesar de que los gigantes regionales Brasil y México resisten y Venezuela funciona como un experimento híbrido de continuidad controlada.

El 21 de junio de 2026, los colombianos eligieron presidente en una segunda vuelta que reflejó la fractura profunda de una nación dividida. Con el 99,99% de las mesas escrutadas, el abogado de la ciudad de Barranquilla Abelardo de la Espriella, ‘El Tigre’, se impuso al izquierdista Iván Cepeda por apenas un punto porcentual: 49,67% frente al 48,70%. Más de doce millones de votos para cada candidato. La diferencia, de apenas 250.000 sufragios, escenificó una sociedad partida en dos y hasta un 25% de las mesas han sido impugnadas.

De la Espriella, un abogado penalista sin experiencia de gobierno que hizo fortuna defendiendo a clientes del mundo del crimen organizado, llega al poder con un programa de mano dura: megacárceles inspiradas en el modelo Bukele, fin de los diálogos de paz con los grupos armados, y subordinación a las prioridades geopolíticas de Washington. El abogado defensor especializado en crimen organizado paradójicamente promete ‘restaurar la ley y el orden’ al modo Donald Trump, es decir, al modo Far West.

Lo que hace singular este proceso no es solo el resultado, sino el método. Trump intervino de forma abierta y sin disimulo: tres mensajes en su red Truth Social, una llamada telefónica la noche del escrutinio, y el despliegue de Marco Rubio, su secretario de Estado, como portavoz oficioso de la campaña derechista. Once congresistas demócratas de Estados Unidos firmaron una carta denunciando la intolerable injerencia de EEUU en la soberanía de otros países, como si esto no hubiera sido una constante en la política exterior del país norteamericano desde su independencia.

Once de catorce: acercándose al pleno

Colombia no es una anomalía; es el último eslabón de una cadena que lleva tres años reconfigurando el mapa político latinoamericano. El punto de inflexión fue 2023, con los triunfos de Javier Milei en Argentina y Daniel Noboa en Ecuador. En 2024, la derecha se consolidó con Nayib Bukele en El Salvador y José Raúl Mulino en Panamá. En 2025, cuatro elecciones arrojaron cuatro victorias conservadoras: José Antonio Kast en Chile, la reelección de Noboa en Ecuador, Rodrigo Paz en Bolivia —poniendo fin a dos décadas del MAS— y Nasry Asfura en Honduras. Solo tres excepciones rompen la tendencia: Guatemala, México y Uruguay.

Los analistas identifican un patrón compartido: la fatiga con gobiernos de izquierda que no cumplieron expectativas en un mundo especialmente convulso, y una habilidad extraordinaria para explotar las redes sociales con mensajes simples, emocionales y virales. A este fenómeno se le ha bautizado como ‘bukelización’: la promesa de orden autoritario que seduce a sociedades bombardeadas con mensajes que inciden en la inseguridad de las calles.

La nueva doctrina Monroe

La administración Trump no oculta su estrategia hemisférica. La ‘Doctrina Donroe’ y el ‘Escudo de las Américas’ son iniciativas explícitas para articular una alianza de gobiernos afines en la región, usada como palanca de presión contra la influencia de China y como refuerzo de las derechas locales. En Colombia, como antes en Argentina y Honduras en 2025, el apoyo de Washington no fue solo simbólico: fue parte de la campaña.

El caso argentino es el más paradigmático. Javier Milei, el economista libertario que llegó al poder en 2023 prometiendo ‘destruir el Estado’ a golpe de motosierra, se convirtió en la herramienta experimental preferida de Trump. Cuando su gobierno enfrentó una crisis de deuda y una derrota en las elecciones de medio término, la Casa Blanca organizó un rescate inédito: intervención directa del Tesoro estadounidense para sostener un programa económico que amenaza con provocar la bancarrota argentina, de nuevo, y que sirve en bandeja todos los recursos del país a EEUU mientras vende el alma de la política exterior argentina a los intereses de Washington y Tel Aviv.

En El Salvador, Nayib Bukele llegó al poder como outsider progresista, derivó hacia un autoritarismo digno de las antiguas satrapías orientales, con estados de excepción que llenaron cárceles hasta un hacinamiento aviar que rompe con todos los consensos más elementales sobre derechos humanos, y ha convertido El Salvador en un estado carcelario para deportados por el ICE al servicio del emperador Trump.

Elon Musk y los algoritmos latinos

Musk, es el auténtico padrino económico y tecnológico de la ultraderecha latinoamericana. Desde su plataforma, X, y fuera de su plataforma, ha amplificado a Milei, a Bukele, a los movimientos ultraconservadores de Brasil y ha intervenido activamente en debates electorales de al menos dieciocho países.

Los algoritmos de X premian el contenido emocional y polarizador; y los candidatos de extrema derecha dominan los registros más primarios; la desinformación circula libre como un chisme de vecinos, y la verificación de hechos —que Zuckerberg eliminó también en Meta a principios de 2025—. El resultado es un ecosistema informativo donde se imponen las narrativas del odio mientras las propuestas, igualitarias, redistributivas y la defensa de los Derechos Humanos son sistemáticamente desacreditadas. Las grandes tecnológicas norteamericanas han encontrado en el giro derechista latinoamericano un mercado y un aliado, ahora que EE está dejando de ser el hegemón global, y más después del estrepitoso fracaso en la guerra de Irán.

Brasil, a la espera

Brasil, la mayor economía latinoamericana, afronta en octubre de 2026 una elección decisiva: Luiz Inácio Lula da Silva busca la reelección frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente encarcelado por su intento de golpe de Estado. Las encuestas apuntan a un empate técnico. Si la derecha bolsonarista logra arrebatarle el poder a Lula, la izquierda latinoamericana quedaría reducida a un núcleo de tres países: México, Guatemala y Uruguay.

México, con Claudia Sheinbaum al frente, resiste la presión de Trump con una diplomacia de baja intensidad y un pragmatismo que ya empieza a poner nerviosos a los más izquierdistas de entre sus partidarios. Uruguay, por su parte, se mantiene en sus trece bajo la égida de su santo laico Pepe Mujica. La pregunta que los analistas internacionales se plantean es si este ciclo ultraderechista y populista será tan breve como los anteriores en una región donde los electores de las capas más humildes de la sociedad se juegan literalmente la vida si las protecciones sociales más elementales decaen. Si los nuevos gobiernos no consiguen reactivar el crecimiento y generar empleo, cosa harto difícil si el dinero vuela a EEUU, el péndulo volverá a señalar la izquierda. Lo que sí ha cambiado, de forma quizás irreversible, es la arquitectura de la influencia: Washington y Silicon Valley han encontrado la forma de exportar su modelo político a escala continental, con una eficacia que solo la influencia blanda china podría superar en las próximas décadas, porque Europa ni está ni se le espera.

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