
La deuda pública de EEUU supera por primera vez los 40 billones de dólares
El Financial Times, citado por varios medios, señaló que la venta masiva de bonos pone de manifiesto «la profunda preocupación entre los inversionistas por la creciente carga de la deuda pública de EE. UU.
Desde mediados de agosto, los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 y 30 años han subido con fuerza, en parte por la escasa liquidez del mercado y en parte por la preocupación de los inversores ante el aumento del gasto público y el riesgo de repunte de la inflación, agravado por el conflicto de Estados Unidos con Irán. Cuando suben los rendimientos de los bonos, baja su precio: es la otra cara de la misma moneda, y ese movimiento se traslada al resto de la economía, encareciendo desde las hipotecas hasta la deuda de las empresas.
Para frenar esa subida, el Tesoro anunció el 19 de agosto que al menos duplicaría el volumen de sus recompras de bonos a largo plazo, pasando de 2.000 a un mínimo de 4.000 millones de dólares por operación. Al día siguiente, en una entrevista en la CNBC, Bessent fue más allá y dijo que esas recompras podrían superar esa cifra por emisión, y anunció que la Administración Trump presentaría en los próximos días un plan de consolidación fiscal para contener el coste de la deuda.
La intervención inicial calmó algo los mercados, pero el respiro duró poco: menos de 24 horas después de duplicar el volumen de sus recompras, el Tesoro se vio obligado de nuevo a tranquilizar a los mercados, después de que los rendimientos a 10 y 30 años volvieran a subir y borraran la mejora inicial. Bessent tuvo que salir a matizar que la cifra de 4.000 millones era un mínimo, no un techo, y explicó el problema en términos de liquidez, no de solvencia: «lo único que intentamos es que la gente se centre en los fundamentales y no negocie al ritmo de los titulares en un periodo tranquilo y en un mercado con poca profundidad», afirmó.
¿De dónde sale el «billón de dólares»?
Aquí está la clave de la confusión que probablemente ha dado lugar al titular alarmista. El lunes 24 de agosto, la CNBC informó, citando a dos altos funcionarios del Tesoro, que la Administración estadounidense podría usar su Cuenta General, de cerca de un billón de dólares, para ayudar a financiar su plan de aumentar la compra de bonos del Gobierno a largo plazo. Esa Cuenta General del Tesoro (conocida como TGA, por sus siglas en inglés) es, efectivamente, algo parecido a la «cuenta corriente» del Gobierno federal en la Reserva Federal: ahí es donde entran los ingresos fiscales y desde donde se pagan los gastos del Estado.
Pero usar ese dinero para comprar bonos no es un gesto de pánico ni una fuga de capitales: es exactamente lo contrario. Es el Tesoro inyectando liquidez propia en el mercado de deuda para sostener los precios de los bonos y frenar la subida de los tipos de interés a largo plazo. La cuenta se encontraba cerca de 950.000 millones de dólares, muy por encima del nivel de 550.000 a 600.000 millones que la administración anterior había intentado mantener, un colchón que Bessent ha ido construyendo durante meses. Y el mercado, lejos de asustarse con la noticia, reaccionó calmándose: el informe del lunes redujo el rendimiento del bono a 10 años en 4 puntos básicos, hasta el 4,7%, y el del bono a 30 años, que la semana anterior había tocado su nivel más alto desde 2007, retrocedió también 4 puntos básicos, hasta el 5,23%.
En otras palabras: no es que «Estados Unidos tenga miedo y saque su dinero». Es que el Tesoro está considerando usar parte de su propia liquidez para financiar una intervención de mercado ya anunciada, y esa noticia ha tranquilizado, no alarmado, a los inversores.
Lo que realmente dijo Bessent sobre los 40 billones
El otro elemento central del titular original —que Bessent «ha encendido las alarmas»— tampoco se sostiene con lo que dijo en la propia CNBC. En esa misma entrevista, preguntado explícitamente por el hito de los 40 billones de deuda, el secretario del Tesoro hizo justo el movimiento contrario: quitarle hierro al dato. «No hay nada mágico en ese número de 40 billones. Y podemos crecer para salir de esa situación», declaró, en lo que medios como Fortune describieron como su intento más claro hasta ahora de reformular un hito de la deuda que ha alarmado a economistas y alimentado una venta masiva de bonos a largo plazo.
Bessent defendió además que el déficit es menor de lo que parece a primera vista: explicó que Estados Unidos había logrado una consolidación fiscal durante el año natural 2025, situándose en torno al 5,7% del PIB, y atribuyó buena parte de la distorsión reciente del déficit a las devoluciones arancelarias, un efecto que considera temporal y que no debería repetirse en 2026.
Dicho de otro modo: el propio protagonista del titular ha hecho públicamente el discurso contrario al que se le atribuye. Eso no significa que no haya motivos de preocupación —los hay, y son reales—, pero conviene separar los hechos de la interpretación sensacionalista.
¿Hay entonces motivo de preocupación?
Sí, y conviene no minimizarlo tampoco en sentido contrario. La escalada de rendimientos de los bonos a largo plazo, sostenida durante varios días pese a las intervenciones del Tesoro, refleja una inquietud de fondo entre los inversores. El Financial Times, citado por varios medios, señaló que la venta masiva de bonos pone de manifiesto «la profunda preocupación entre los inversionistas por la creciente carga de la deuda pública de EE. UU. y sobre si los responsables políticos podrán contener el estallido de la inflación desencadenado por la guerra del presidente Donald Trump en Irán».
Además, hay quien cuestiona la eficacia de las intervenciones del Tesoro a medio plazo. Análisis críticos han señalado que las turbulencias del mercado de bonos obedecen a cuestiones más fundamentales, sobre todo el aumento de la deuda estadounidense hasta los 40 billones de dólares, y que ese problema estructural no se resuelve solo con recompras puntuales.

