
Los corales de Galápagos revelan que El Niño es hoy más intenso que en los últimos mil años
Según un artículo publicado originalmente en inglés por Julia Cole, profesora de Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente en la Universidad de Míchigan, los corales de las islas Galápagos contienen una advertencia climática de gran alcance: los episodios de El Niño registrados durante los últimos cuarenta años han sido, en promedio, más intensos que los observados en cualquier otro momento del último milenio.
La investigación, publicada en la revista Science, relaciona ese aumento de intensidad con el calentamiento global causado por la actividad humana. El trabajo no afirma que cada episodio de El Niño vaya a ser necesariamente más fuerte que el anterior, pero sí sostiene que el patrón reciente resulta inusual frente al registro climático de largo plazo y puede anticipar fenómenos más extremos en el futuro.

El Niño vuelve a preocupar
El análisis parte de una situación especialmente relevante para el Pacífico ecuatorial. En 2026, las temperaturas del océano en esa región han subido de manera marcada, una señal que apunta al inicio de un El Niño fuerte y posiblemente histórico.

El Niño es una fase cálida de un sistema climático mayor conocido como El Niño-Oscilación del Sur, o ENSO por sus siglas en inglés. Su origen está en el Pacífico tropical oriental, cerca de las Galápagos. Cuando los vientos alisios se debilitan o modifican, el agua cálida superficial se acumula y altera la circulación de la atmósfera.
El efecto no se limita al océano Pacífico. Los cambios en la temperatura marina modifican las trayectorias de las tormentas y pueden favorecer lluvias intensas e inundaciones en algunas regiones, mientras provocan sequías, olas de calor o alteraciones de ciclones tropicales en otras. Por eso, comprender si El Niño está cambiando con el calentamiento global es importante para la planificación agrícola, la seguridad alimentaria, la gestión del agua y la prevención de desastres.
Galápagos, un lugar decisivo
Las islas Galápagos ocupan una posición clave para estudiar este fenómeno. En condiciones normales, las aguas profundas, frías y ricas en nutrientes ascienden hacia la superficie en torno al archipiélago. Este proceso, llamado afloramiento, alimenta al fitoplancton y sostiene una cadena ecológica de la que dependen peces, aves, mamíferos marinos y comunidades pesqueras.
Durante un El Niño fuerte, el agua superficial excepcionalmente cálida puede frenar ese afloramiento. Al dejar de llegar nutrientes desde las profundidades, la productividad del ecosistema cae y numerosas especies se ven afectadas.
El episodio de 1982-1983 dejó una huella especialmente dramática en Galápagos. Según el artículo, la ola de calor marina asociada a aquel El Niño acabó con más del 95% de los corales del archipiélago. También afectó a peces, aves marinas, mamíferos y poblaciones humanas que dependían de la pesca en el Pacífico tropical oriental.
Las consecuencias se extendieron a escala global. Aquel El Niño estuvo relacionado con inundaciones en Kenia y Perú, sequías en Indonesia y Brasil y pérdidas económicas que algunas estimaciones sitúan en hasta 4 billones de dólares. El episodio de 1997-1998, también extraordinariamente fuerte, se asoció a desastres climáticos y enfermedades que causaron unas 23.000 muertes.

Los corales como archivos climáticos
El principal desafío para determinar si los El Niño recientes son excepcionales es que las observaciones instrumentales del océano solo abarcan unas pocas décadas. Los satélites, las boyas y los termómetros ofrecen información muy precisa, pero no permiten comparar directamente el presente con siglos anteriores.
Para reconstruir ese pasado, el equipo recurrió a los corales. Al crecer, los corales forman capas de carbonato cálcico que funcionan de forma parecida a los anillos de un árbol. Cada capa registra condiciones ambientales del momento en que se formó, y las diferencias de densidad ayudan a establecer una cronología.
La composición química de esos esqueletos también conserva información sobre la temperatura del agua. El equipo analizó, en particular, las proporciones entre isótopos pesados y ligeros de oxígeno, y entre estroncio y calcio. Ambos indicadores permiten estimar la temperatura del mar en la que vivió el coral.
Los científicos extrajeron núcleos de corales vivos de las islas Wolf y Darwin, situadas al norte de Galápagos, a profundidades de entre seis y quince metros. Algunos de esos corales alcanzaban entre 2,5 y 3 metros de altura. También recogieron fragmentos fósiles situados en las costas del archipiélago. La datación radiométrica indicó que algunos de esos corales fósiles tenían hasta 4.500 años de antigüedad.
En el laboratorio, las muestras fueron cortadas y analizadas en secuencias que representaban aproximadamente un mes de crecimiento cada una. De esta forma, los investigadores obtuvieron miles de mediciones y reconstruyeron ciclos estacionales, años anormalmente cálidos y años fríos asociados a El Niño y La Niña.
Una cicatriz de 1982
Los núcleos de coral vivo mostraron una señal muy visible del episodio de 1982-1983. Los investigadores identificaron lo que denominan «horizontes de muerte»: capas densas formadas por algas, caracoles, percebes y otros organismos que ocuparon la superficie tras la muerte del coral.
Estas capas interrumpen la estructura habitual del esqueleto coralino y funcionan como una cicatriz física del calentamiento extremo. Posteriormente, algunas colonias lograron volver a crecer sobre la superficie muerta, pero el registro conserva la evidencia de aquella crisis ecológica.
El valor de estos archivos naturales es que no dependen de testimonios humanos ni de registros meteorológicos incompletos. Los corales ofrecen una medición física directa de las condiciones del mar a lo largo del tiempo y permiten situar los episodios recientes en una escala mucho más amplia.
Un cambio fuera de lo normal
La conclusión central del estudio es que la intensidad de El Niño ha aumentado al mismo tiempo que se ha incrementado la temperatura global. Los registros químicos de los corales indican que los eventos ocurridos durante los últimos cuarenta años fueron más fuertes que los detectados en cualquier otro periodo analizado del último milenio.
Los datos coinciden con las mediciones instrumentales de temperatura oceánica del último siglo, pero aportan un contexto histórico que estas no pueden ofrecer. En comparación con el periodo anterior a la industrialización, los fenómenos modernos parecen más extremos.
Según la autora, el aumento observado desde mediados o finales del siglo XX es mayor de lo que cabría esperar por causas naturales. La asociación con el calentamiento global de origen humano es consistente con las proyecciones de buena parte de los modelos climáticos, aunque no todos esos modelos anticipan un fortalecimiento de El Niño.
Precisamente por esa diferencia entre modelos, los nuevos datos pueden ser útiles para mejorar las proyecciones futuras. Los científicos pueden comparar qué modelos reproducen mejor la evidencia que proporcionan los corales y, con ello, afinar las estimaciones sobre cómo responderá el Pacífico tropical a un planeta más cálido.
Prepararse para los próximos eventos
Un ENSO más intenso implica una mayor probabilidad de extremos climáticos graves en distintos lugares del planeta. No significa que todos los países sufrirán el mismo tipo de impacto: mientras unas regiones pueden enfrentarse a lluvias e inundaciones, otras pueden sufrir sequías prolongadas y pérdidas de cosechas.
La buena noticia es que El Niño y La Niña pueden preverse con varios meses de antelación e, incluso, aproximadamente un año antes en determinadas circunstancias. Esa capacidad permite preparar sistemas sanitarios, ajustar estrategias agrícolas, reforzar infraestructuras ante inundaciones y planificar la gestión de reservas de agua.
Sin embargo, esa anticipación depende de mantener observaciones continuas. Los satélites, las boyas distribuidas por el Pacífico tropical, los registros oceánicos y los modelos climáticos son esenciales para detectar cambios en el sistema antes de que sus consecuencias se manifiesten plenamente.
El mensaje de los corales de Galápagos no es solo histórico. Muestran que el océano conserva memoria de los grandes episodios climáticos y sugieren que el planeta está entrando en una etapa en la que los eventos de El Niño pueden tener efectos más intensos y destructivos. Prepararse para ello exige mejorar la ciencia, proteger los sistemas de observación y reducir las causas del calentamiento global.
Los datos fundamentales de este artículo han sido obtenidos del artículo original en inglés de The Conversation, Galápagos corals show El Niño events are more extreme now than in past 1,000 years – here’s how my team made the discovery, por Julia Cole, profesora de Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente en la Universidad de Míchigan.

