Keir Starmer, o el arte de quemar una mayoría histórica en 20 meses
Llegó a Downing Street con 412 escaños. Era la esperanza de una generación marcada por la indeleble política thatcheriana y el Brexit. Ha dimitido ante las cámaras, con la voz quebrada y sin haber cumplido dos años en el cargo. La caída de Keir Starmer ha sido el fruto de una acumulación de errores propios, de una herencia endiablada, del temor a dar un paso real a la izquierda, y de la presión de un rival interno, Andy Burnham el Rey en el Norte, que apareció en el momento exacto.
LA HERENCIA RECIBIDA
Starmer heredó en julio de 2024 un país roto por catorce años de recortes conservadores, los escombros del Brexit, seis primeros ministros precediéndolo en una década y una desconfianza hacia las instituciones británicas que las empresas demoscópicas califican como la más profunda desde los años setenta. El nuevo primer ministro pidió paciencia, pero ni la ciudadanía ni su propio partido se la concedieron, en medio además de un contexto geopolítico especialmente complejo. Además, el aroma de la vuelta del Reino Unido a la Unión Europea flota en el ambiente. Diez años después del referéndum, la mayoría de los británicos quiere volver a la UE, pero nadie se atreve a dar el paso.
LOS ERRORES NO FORZADOS
En los primeros meses de su mandato trascendió a la prensa que él y varios de sus ministros habían aceptado regalos de particulares —ropa, entradas para conciertos— sin infringir la ley, eso sí, pero sin el comportamiento ético que sus votantes esperan de los laboristas. Luego llegaron los recortes al subsidio de combustible para pensionistas, la medida más impopular de su mandato, que perjudicó a los más vulnerables y fue el motivo por el cual se desencadenó la primera rebelión interna en su partido. Otro gravísimo error fue el nombramiento de Peter Mandelson figura muy relacionada con Blair y su Tercera Vía y con vínculos documentados con Jeffrey Epstein como embajador en Washington. Tuvo que dimitir en unas pocas semanas. Los ministros de Sanidad y Defensa, por su parte, dimitieron por profundos desacuerdos con Starmer. Un desgaste muy intenso en un corto lapso de tiempo.
El genocidio de Gaza y la acción del gobierno británico al respecto, además, partió en dos al electorado laborista urbano y empujó a miles de votantes hacia candidaturas independientes más nítidamente propalestinas. La negativa de Starmer a sumarse a la ofensiva militar de Trump e Israel contra Irán —sensata y compartida con otros europeos— enfrió la relación con Washington y le privó de su tradicional aliado del otro lado del Atlántico.
EL DETONADOR
Las elecciones locales del 7 de mayo le dieron la puntilla. Los laboristas perdieron más de 1.400 concejales, cayeron a la tercera posición en Gales —donde gobernaban desde hacía tres décadas— y vieron cómo Reform UK de Nigel Farage se convertía en la primera fuerza en municipios que siempre habían sido de un rojo intenso. A los pocos días un centenar de diputados laboristas firmaron una carta exigiendo la cabeza de Starmer.
El viernes pasado llegó el tiro de gracia: Andy Burnham, alcalde del Gran Mánchester, ganó las elecciones parciales de Makerfield por más de veinte puntos sobre Reform, de Nigel Farage, el líder radical populista antiinmigración y recordó a los suyos que Starmer nunca tuvo carisma ni conexión con la clase trabajadora, sobre todo con la del norte. Starmer ya ha dimitido. Está por ver si Burham, el Rey en el Norte, será el próximo primer ministro. Burnham es el favorito para sucederle. La diferencia entre ambos, advierten los analistas, es más de forma que de fondo. Pero en la política británica de 2026, la forma lo es todo. El Reino Unido tendrá su séptimo primer ministro desde el Brexit.
