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La historia de la bigamia en Inglaterra: engaños, bodas ocultas y vidas paralelas

Según un artículo publicado originalmente en inglés por Rebecca Probert, profesora de Derecho en la Universidad de Exeter, la historia de la bigamia en Inglaterra está muy lejos de la imagen ligera o cómica que suele asociarse a este delito.

Detrás de muchas segundas bodas había abandono, ocultación, fraude económico y, con frecuencia, el sufrimiento de una primera esposa dejada atrás o de una segunda pareja que descubría demasiado tarde que el matrimonio no era válido.

La investigación histórica invita, por tanto, a cuestionar la idea de que la bigamia funcionaba simplemente como una especie de «divorcio informal» en épocas en las que separarse legalmente era difícil o inaccesible. Si en algunos casos existieron acuerdos entre los cónyuges, los expedientes judiciales muestran que en muchos otros el elemento central fue el engaño deliberado.

Un delito castigado con dureza

El artículo original comienza con una imagen llamativa: lágrimas. A veces eran las de una esposa abandonada o de una segunda mujer que descubría que su marido ya estaba casado. En otros casos, los acusados lloraban durante el juicio o pedían perdón para evitar una denuncia o una condena.

No siempre esos gestos convencían a quien había sido engañada. El texto recuerda el caso de William Bury, un bígamo del siglo XVIII cuya esposa sospechó que sus lágrimas no eran sinceras y que, para aparentar emoción, simplemente se había humedecido los dedos antes de llorar. Ella decidió denunciarlo de todos modos.

La severidad del castigo ayuda a entender el miedo que provocaban los procesos. En Inglaterra y Gales, la bigamia pasó a ser delito en 1604 y, en teoría, podía castigarse con la pena de muerte. Aunque las ejecuciones fueron poco frecuentes y dejaron de imponerse hacia finales del siglo XVII, el sistema penal siguió aplicando sanciones muy duras durante largo tiempo.

Entre los castigos históricos se encontraban:

  • La pena de muerte en los primeros tiempos de la legislación.
  • El marcado con hierro candente en la mano, una práctica habitual durante buena parte del siglo XVIII.
  • La multa y la prisión.
  • La deportación penal a Australia, prevista desde finales del siglo XVIII y aplicada a numerosos condenados durante el XIX.

Según la investigación de Probert, entre 1805 y 1853 se condenó por bigamia a, al menos, 1.749 personas, y 254 de ellas fueron sentenciadas a deportación. Es decir, alrededor de una cuarta parte de los condenados en ese periodo recibió una de las penas más graves disponibles entonces.

Más que un problema matrimonial

En ocasiones se ha presentado la bigamia histórica como una solución práctica ante matrimonios rotos, especialmente cuando el divorcio era difícil de obtener y convivir con una nueva pareja fuera del matrimonio estaba socialmente mal visto. Desde esa perspectiva, una segunda boda podía parecer una salida informal aceptada por todos.

Pero el artículo cuestiona esa interpretación. Si la práctica hubiera sido realmente consensuada y socialmente tolerada, ¿por qué tantos acusados ocultaban su primer matrimonio, celebraban la segunda ceremonia lejos de donde vivían o mentían sobre su estado civil?

La respuesta que se desprende de los expedientes es que muchas segundas parejas ignoraban por completo la existencia de una unión anterior. No se trataba de una reorganización transparente de la vida familiar, sino de una doble vida sostenida mediante falsedades.

El autor teatral Ray Cooney convirtió esta situación en una comedia con Run for Your Wife, obra protagonizada por un taxista londinense que mantiene dos matrimonios en zonas distintas de la ciudad. Sin embargo, incluso esa premisa humorística contiene una realidad inquietante: el protagonista engaña de forma constante a ambas esposas y depende de que ninguna conozca la existencia de la otra.

The mayor of Bath hearing a bigamy case in his chambers, engraving by Thomas Rowlandson (1820). Florilegius

El difícil equilibrio de dos hogares

Mantener dos hogares era complicado, caro y agotador. El artículo relata el caso de un bígamo del siglo XX que se desplazaba en bicicleta por Londres para alternar entre sus dos familias. La situación solo se mantuvo durante unos meses: con un salario semanal de dos libras y siete chelines, no podía sostener ambas casas.

La mayoría de quienes cometían bigamia no lograban llevar dos matrimonios paralelos durante mucho tiempo. En muchos casos, la segunda unión surgía después de abandonar a la primera esposa. En otros, el nuevo matrimonio estaba motivado por el deseo de empezar una vida distinta, confiando en que la relación anterior jamás saldría a la luz.

El artículo cita situaciones que revelan contextos personales complejos. George Harrower, procesado en 1816, tenía a su primera esposa internada en un hospital psiquiátrico. Benjamin Griffiths, acusado en 1847, había sido abandonado por una esposa que mantenía una relación con su sobrino; posteriormente se casó con la mujer que cuidaba de sus hijos. Estos casos no eliminaban la ilegalidad de la segunda boda, pero sí muestran que la realidad social y emocional tras cada expediente podía ser muy diferente.

Otros episodios, en cambio, dejan poco espacio para la comprensión. John Mase Smith, por ejemplo, regresó con su primera esposa a las cinco de la mañana, apenas unas horas después de celebrar su segunda boda en 1849. Según el artículo, podría ostentar el récord de la segunda unión más breve documentada.

El fraude como estrategia

La vertiente más dura de esta historia aparece en los casos en los que el matrimonio se utilizaba como mecanismo de explotación económica. Algunos hombres buscaron deliberadamente a mujeres que podían ser manipuladas, se casaron con ellas, obtuvieron sus ahorros y después desaparecieron para repetir el procedimiento con otra víctima.

Uno de los ejemplos mencionados es John Woodgate Kinsella, procesado en 1900, 1908 y 1918. Según el artículo, utilizaba anuncios sentimentales para atraer a mujeres jóvenes de clase trabajadora, lograr que se casaran con él y apropiarse de sus recursos. La autora sugiere que, si hubiera vivido en la actualidad, su conducta se parecería a las estafas románticas que se cometen a través de internet.

Este tipo de casos demuestra que la bigamia no puede entenderse solo como una cuestión de amor, sexualidad o ruptura conyugal. A menudo implicaba una relación de poder: una persona disponía de información esencial —su matrimonio anterior— y la ocultaba a otra para obtener afecto, estabilidad económica, trabajo doméstico o acceso al dinero.

Bodas lejos de casa

La investigación de Probert también examina dónde se celebraban las segundas bodas. El patrón es significativo: muchos bígamos evitaban casarse en la misma parroquia o iglesia donde habían formalizado su primer matrimonio. En áreas rurales, era habitual que pusieran una distancia considerable entre ambas ceremonias para reducir el riesgo de ser reconocidos.

Desde mediados del siglo XIX, algunos optaron por oficinas del registro civil, que ofrecían una mayor discreción que las ceremonias religiosas. En ciertos casos, también se utilizaron datos falsos o se eligieron distritos donde los contrayentes no residían de manera habitual.

Este comportamiento refuerza la conclusión principal del artículo: la ocultación no era un detalle secundario, sino una parte esencial de muchas bigamias. La necesidad de esconder la primera unión revela que los acusados entendían que su conducta no sería aceptada por sus comunidades ni por sus nuevas parejas.

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