
Cómo un caballo «psíquico» llamado Clever Hans cambió la forma de hacer ciencia
A comienzos del siglo XX, Hans atraía multitudes en Alemania porque respondía con golpes de casco a preguntas de aritmética. Durante un tiempo, aquella conducta llevó a algunas personas a considerar si el animal poseía una inteligencia excepcional o incluso facultades fuera de lo común. La investigación posterior mostró algo mucho más interesante: Hans era muy sensible a señales mínimas e involuntarias que emitían quienes lo observaban.
Según un artículo originalmente publicado en inglés por Matyáš Moravec, profesor de Filosofía en Queen’s University Belfast, la historia de Clever Hans no es solo la anécdota de un caballo que aparentemente sabía resolver problemas matemáticos. Es, sobre todo, una lección sobre la facilidad con que las expectativas humanas pueden contaminar un experimento sin que nadie pretenda engañar a nadie.
Una época fascinada por lo invisible
El artículo sitúa el caso en un momento histórico muy distinto del actual. A finales del siglo XIX y principios del XX, figuras influyentes de la ciencia, la psicología y la filosofía se interesaban por fenómenos como la telepatía, la clarividencia o la comunicación con los muertos.
No se trataba únicamente de personajes marginales. Algunos investigadores reconocidos estudiaron médiums, acudieron a sesiones espiritistas o debatieron seriamente la posibilidad de que existiera una percepción extrasensorial. La expansión de tecnologías que parecían extraordinarias —como el teléfono, capaz de conectar a dos personas a grandes distancias, o los rayos X, que permitían observar el interior del cuerpo— favoreció una época de curiosidad intelectual sobre los límites de lo que los seres humanos podían percibir y conocer.
Según el texto original, esa curiosidad no se limitó a las personas. Algunos estudiosos se preguntaron si animales como caballos y perros podían disponer de capacidades mentales o comunicativas todavía desconocidas. Los llamados «caballos matemáticos» y «perros pensantes» encontraron entonces un público dispuesto a tomarlos en serio.
Perros que respondían y caballos que calculaban
El filósofo británico F. C. S. Schiller, relacionado con el pragmatismo y miembro activo de la Society for Psychical Research, llegó a interesarse por Rolf, un perro alemán al que se atribuía la capacidad de responder problemas matemáticos golpeando con la pata.
Según los relatos comentados en el artículo, Rolf empleaba códigos de letras y sílabas para formar respuestas más complejas. Algunas personas llegaron a interpretar que el perro podía construir frases enteras o manifestar convicciones religiosas. Otros investigadores, sin embargo, propusieron explicaciones aún más extraordinarias, como una posible telepatía entre el animal y su dueño.
Visto desde el presente, estas hipótesis pueden resultar extravagantes. Pero el punto relevante no es burlarse retrospectivamente de quienes las discutían, sino entender que muchas cuestiones que hoy consideramos básicas —cómo controlar un experimento, cómo evitar que el investigador influya en el resultado o qué cuenta como evidencia sólida— aún estaban desarrollándose.
El artículo recuerda que la postura pragmatista de Schiller introducía una pregunta útil: si un animal realmente posee una habilidad extraordinaria, ¿esa capacidad se observa fuera del espectáculo o del contexto controlado por su cuidador? Por ejemplo, si un perro domina las matemáticas, ¿por qué no muestra ese conocimiento en situaciones cotidianas? Esa exigencia de consecuencias observables sigue siendo una herramienta valiosa para evaluar afirmaciones llamativas.
El caso de Clever Hans
Clever Hans se convirtió en el ejemplo más famoso de aquellos animales aparentemente dotados. El caballo, propiedad de Wilhelm von Osten, parecía capaz de hacer cálculos, reconocer números y responder a preguntas mediante golpes de casco.
Lo decisivo llegó con el trabajo de Oskar Pfungst, ayudante del psicólogo Carl Stumpf. Pfungst no se limitó a aceptar la actuación ni a acusar directamente al dueño de fraude. En lugar de eso, modificó cuidadosamente las condiciones de las pruebas para averiguar cuándo Hans acertaba y cuándo dejaba de hacerlo.
El resultado fue revelador:
- Hans respondía correctamente cuando podía ver a la persona que formulaba la pregunta.
- También necesitaba que esa persona supiera cuál era la respuesta correcta.
- Cuando quien preguntaba desconocía la solución, o cuando el caballo no podía observarle, los aciertos desaparecían o caían hasta niveles compatibles con el azar.
La conclusión no fue que Hans estuviera fingiendo. El caballo había aprendido a detectar modificaciones corporales extremadamente sutiles: una tensión, un movimiento de cabeza, un cambio facial o una relajación de la postura de la persona al acercarse el número correcto. Lo notable era que su propietario probablemente no era consciente de estar dando esas señales.
El efecto Clever Hans
De este episodio surgió el llamado efecto Clever Hans: el riesgo de que un investigador, un entrenador o un observador influya sin querer en el comportamiento del sujeto que está estudiando. El problema puede afectar tanto a animales como a personas.
Este sesgo aparece cuando quien conduce una prueba conoce el resultado esperado y, de forma inadvertida, transmite pistas mediante su mirada, gestos, tono de voz, postura o manera de formular una pregunta. El participante no necesita saber qué significa esa señal: puede aprender a responder a ella.
Un ejemplo sencillo sería evaluar si un perro reconoce una palabra. Si su cuidador sabe cuál es la tarjeta correcta y permanece frente al animal, puede revelar involuntariamente la respuesta con su cuerpo. Si un investigador concluyera que el perro comprende el lenguaje sin descartar esa posibilidad, estaría confundiendo la sensibilidad del animal a las señales humanas con una habilidad lingüística demostrada.
La enseñanza metodológica fue profunda: no basta con que el investigador actúe de buena fe. Un experimento también debe diseñarse para impedir que sus expectativas lleguen al participante.
Una herencia para la investigación
Según el artículo, el caso contribuyó a alejar muchas explicaciones sobrenaturales de la investigación académica, no porque se prohibiera estudiarlas, sino porque aparecieron explicaciones psicológicas y metodológicas más sólidas. Las pruebas rigurosas demostraron que no hacía falta recurrir a la telepatía para explicar los aciertos de Clever Hans.
Su legado sigue presente en técnicas como los estudios ciegos y doble ciego. En un ensayo doble ciego, por ejemplo, ni los participantes ni las personas que interactúan directamente con ellos conocen la condición asignada o el resultado esperado. Así se reducen las posibilidades de que las expectativas humanas alteren los datos.
El artículo también relaciona este proceso con el desarrollo de la aleatorización: asignar al azar el orden de las pruebas, los tratamientos o los grupos de estudio. Esta práctica permite disminuir los sesgos derivados de decisiones conscientes o inconscientes de investigadores y participantes. La ironía es clara: intentos por demostrar habilidades psíquicas ayudaron a consolidar algunas de las herramientas que hoy se usan para examinar afirmaciones extraordinarias con mayor rigor.
Los datos fundamentales de este artículo han sido obtenidos del artículo original en inglés de The Conversation, How a ‘psychic’ horse named Clever Hans changed the way we do science, por el profesor de Filosofía en Queen’s University Belfast Matyáš Moravec.

