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La hoja de ruta para Gaza impulsada por Trump afronta desconfianza, desacuerdos y graves obstáculos

El plan plantea que Hamás entregue sus armas y transfiera la gestión civil y de seguridad de Gaza a una administración palestina tecnocrática, mientras las fuerzas israelíes se retirarían del enclave

Según un análisis publicado originalmente en inglés por Mkhaimar Abusada, experto en política palestina de Northwestern University, la llamada segunda fase del plan de paz para Gaza promovido por Donald Trump puede representar un avance diplomático, pero está lejos de garantizar una salida estable al conflicto. El principal problema es que Israel y Hamás parecen haber aceptado el proceso con reservas y mantienen posiciones incompatibles sobre el orden en que deben producirse el desarme y la retirada israelí.

Sin embargo, el texto subraya que una hoja de ruta no equivale a una paz consolidada: para que funcione, necesitaría cumplimiento verificable, garantías internacionales y una mejora concreta de las condiciones de vida de la población gazatí.

Una segunda fase con una primera incompleta

El 30 de julio de 2026, Trump anunció que Hamás había aceptado avanzar hacia el desarme y ceder competencias de gobierno y seguridad a una administración palestina tecnocrática. Al día siguiente, su denominado Board of Peace difundió una hoja de ruta para poner en marcha esta segunda fase del acuerdo.

Para la Casa Blanca, el anuncio suponía un «hito importante» hacia una paz duradera. Sin embargo, el artículo advierte de que la etapa previa del alto el fuego no había conseguido sus objetivos fundamentales. Desde la firma de la tregua del 9 de octubre de 2025, según el análisis, Israel habría matado a más de 1.100 palestinos y ampliado la zona bajo control de sus fuerzas, conocida como «línea amarilla», desde el 53% del territorio gazatí previsto inicialmente a más del 65%. Las condiciones cotidianas para la población civil, además, no habrían mejorado de manera sustancial.

Ese contexto hace especialmente difícil presentar la segunda fase como un proceso lineal. Para Hamás, aceptar el desarme sin garantías de retirada israelí puede interpretarse como una rendición sin contrapartidas. Para Israel, retirar sus tropas antes de que Hamás entregue todas sus armas puede ser visto como un riesgo de seguridad inaceptable.

El desacuerdo esencial se resume en una cuestión de secuencia. Hamás defiende que el desarme debe avanzar en paralelo a la retirada gradual de Israel de toda Gaza. El Gobierno israelí sostiene, en cambio, que no habrá retirada mientras el desarme de Hamás no sea completo.

La presión sobre Hamás

Según el artículo, Hamás llegó a este punto bajo una fuerte presión interna y externa. La persistencia de los ataques, la falta de alivio para la población y la situación humanitaria del enclave habrían llevado al movimiento a considerar que aceptar determinadas concesiones era menos costoso que prolongar el bloqueo político.

Egipto, Turquía y Catar desempeñaron un papel relevante como mediadores. El análisis también concede importancia a los cambios internos de Hamás, en particular a la elección de Khalil al-Hayya como presidente de su buró político tras la muerte de Yahya Sinwar. La dirección anterior, formada por un comité colectivo, no habría logrado suficiente consenso para tomar decisiones de alto impacto.

Otro actor destacado es Mohammed Dahlan, antiguo dirigente de Fatah originario de Gaza y residente en Emiratos Árabes Unidos. Dahlan, una figura controvertida por sus vínculos con distintos centros de poder regionales y por su enfrentamiento con la actual dirección de la Autoridad Palestina, habría intervenido para acercar posiciones entre facciones palestinas.

El artículo sostiene que Dahlan coordinó sus gestiones con Jared Kushner, yerno de Trump e integrante del Board of Peace. Su influencia habría sido importante para persuadir a Hamás de aceptar públicamente los aspectos más delicados de la propuesta: la transferencia de poder en Gaza y el desarme.

Las reservas de Israel

La reacción israelí aparece como uno de los principales obstáculos. Benjamin Netanyahu no ha respaldado plenamente la hoja de ruta y se enfrenta a un escenario político interno complejo. Parte de su coalición, especialmente los sectores de extrema derecha, interpreta cualquier concesión en Gaza como una derrota.

Los ministros Bezalel Smotrich y Orit Strook, por ejemplo, han reclamado que el Gobierno revoque cualquier aprobación del plan y someta el asunto a votación en el gabinete. Netanyahu, por su parte, ha reconocido desacuerdos con la Administración Trump sobre Gaza, aunque no ha rechazado abiertamente la propuesta.

Esta ambigüedad tiene una explicación política. Rechazar el acuerdo de forma frontal supondría enfrentarse al presidente estadounidense, que ha presentado la iniciativa como un logro diplomático. Pero aceptarlo sin condiciones podría impedir que Netanyahu declare una victoria total sobre Hamás, una expectativa importante para una parte de la opinión pública israelí y de su base política.

President Donald Trump met with Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu at the White House shortly before the peace road map was released. Maâayan Toaf (GPO)/Handout/Anadolu via Getty Images

La tensión se hizo visible de inmediato. Aunque el plan establecía un plazo de dos semanas para pactar el calendario del desarme de Hamás y el cese de los ataques israelíes, Israel reanudó bombardeos intensos en Gaza tras el anuncio. Según el artículo, esos ataques causaron la muerte de más de una docena de personas y motivaron una reprimenda del alto comisionado del Board of Peace, Nickolay Mladenov.

El desafío del desarme

La segunda fase no consiste únicamente en que Hamás entregue armas pesadas. El plan contempla la retirada de lanzamisiles, armas ligeras y municiones, así como el desmantelamiento de túneles, talleres de fabricación de armamento y otras infraestructuras militares.

La dificultad no es solo técnica. Requeriría la cooperación de todas las estructuras y facciones vinculadas a Hamás, en un territorio devastado y sometido a control militar parcial. Además, el artículo indica que el desarme también alcanzaría a milicias palestinas que operan en las zonas bajo control israelí, así como a clanes y familias armadas de Gaza.

Esto significa que la cuestión no se limita al futuro de Hamás. Afecta al equilibrio de poder dentro de la sociedad palestina, a la seguridad local, a la administración futura de Gaza y a la capacidad de imponer un nuevo orden político después de la guerra.

La falta de confianza agrava el problema. Hamás continúa siendo la principal fuerza militar palestina en Gaza, mientras Israel no ha detenido su campaña militar ni ha aclarado hasta qué punto está dispuesto a abandonar el territorio. Sin un mecanismo independiente que supervise cada etapa, cualquier parte puede acusar a la otra de incumplimiento y utilizarlo como razón para bloquear el proceso.

La población palestina, entre esperanza y escepticismo

Detrás de los desacuerdos diplomáticos están los más de dos millones de palestinos que viven en Gaza. El artículo recoge una realidad contradictoria: algunas personas ven en la aplicación del plan una oportunidad para aliviar las condiciones de vida, facilitar la reconstrucción y poner fin a los ataques. Otras, tras meses de destrucción, desplazamiento y promesas incumplidas, apenas confían en que la propuesta cambie su situación.

La hoja de ruta hace una referencia limitada al derecho de autodeterminación palestino y a la posibilidad de crear un Estado. Sin embargo, esa meta aparece como un horizonte lejano, sin un calendario político detallado ni garantías visibles sobre soberanía, fronteras, seguridad o representación palestina.

El análisis de Abusada sugiere que el acuerdo podría abrir una oportunidad, pero no debe confundirse con una solución definitiva. El resultado dependerá de si el desarme se vincula realmente a una retirada israelí, de si hay protección efectiva para la población civil, de si la administración palestina propuesta obtiene legitimidad y de si actores internacionales independientes pueden exigir responsabilidades a todas las partes.

Por ahora, la iniciativa de Trump se parece más a un trayecto lleno de obstáculos que a un camino despejado hacia la paz. La cuestión decisiva no es solo si Israel y Hamás aceptan formalmente el plan, sino si están dispuestos —y si se les puede obligar— a cumplirlo en la práctica.

Los datos fundamentales de este artículo han sido obtenidos del artículo original en inglés de The ConversationGaza’s ‘road map’ is driven by Trump, but reluctant passengers and serious potholes could derail pathway to peace, por eMkhaimar Abusada, experto en política palestina de Northwestern University.

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