Devoción y pólvora: las fiestas del Cristo de la Luz de Dalías se aproximan a la traca final
‘En Dalías, hablar de pólvora no es hablar únicamente de un elemento más o menos contingente, los cohetes, las tracas, las ruedas y las bengalas que acompañan al Cristo durante su recorrido forman parte idiosincrásica de las propias fiestas. Las llamadas ‘mandas’, las descargas de cohetes que las distintas peñas coheteras del municipio preparan durante semanas y que se van sucediendo en distintos puntos del recorrido procesional, convierten el paso de la imagen por cada una de las calles en una explosión de olor a pólvora, luz y estruendo.’
Dalías cierra esta noche mágica de domingo su Semana Grande en honor al Santísimo Cristo de la Luz la velada más esperada del año, la que congrega a de miles de peregrinos llegados de toda la provincia y de fuera de ella. Pero si hay un elemento distintivo de esta celebración ese es el de la pólvora: un despliegue pirotécnico tan masivo que hace la noche día y que la tierra tiemble.
En Dalías, hablar de pólvora no es hablar únicamente de un elemento más o menos contingente, los cohetes, las tracas, las ruedas y las bengalas que acompañan al Cristo durante su recorrido forman parte idiosincrásica de las propias fiestas. Las llamadas ‘mandas’, las descargas de cohetes que las distintas peñas coheteras del municipio preparan durante semanas y que se van sucediendo en distintos puntos del recorrido procesional, convierten el paso de la imagen por cada una de las calles en una explosión de olor a pólvora, luz y estruendo.
Esa dimensión devocional explica por qué la pólvora, lejos de ser un simple añadido festivo, aparece recogida por la propia Agenda Cultural de Andalucía como uno de los elementos característicos de la fiesta, al mismo nivel que la peregrinación, la Bajada de la imagen o la procesión.

El recorrido de la noche grande
La jornada central arranca a las 19:00 horas con la Misa Vespertina, tras la cual tiene lugar la suelta de globos que anticipa el momento más esperado del año. A las 20:30 horas, las puertas del Santuario se abren y el Cristo de la Luz sale a las calles de Dalías, dando comienzo a una procesión en la que las ofrendas pirotécnicas se suceden sin apenas descanso durante horas.
Entre los instantes más singulares de ese recorrido se encuentra la tradicional Petalá, en la Placeta de Santo Cristo, donde una lluvia de pétalos cae sobre la imagen justo antes de que la pólvora vuelva a tomar el protagonismo. El lanzamiento de cohetes alcanza además una de sus cotas más intensas en dos momentos muy concretos: cuando el Cristo aparece por primera vez en la puerta de la iglesia al iniciar la procesión, y de nuevo cuando regresa a su templo ya de madrugada, dos instantes que se han convertido en estampas indisociables de la identidad de la fiesta.

La noche que se hace día
El resultado de esta acumulación de cohetes, tracas y salvas es una experiencia sensorial muy particular, que quienes la han vivido describen como inenarrable. El aire se satura de un humo denso y de un olor a pólvora quemada que se convierte, durante varias horas, en la seña de identidad olfativa del municipio entero. El ruido, lejos de ser un efecto secundario incómodo, se vive como parte esencial de la experiencia colectiva: es, para muchos devotos, la forma más ruidosa y visible de expresar una fe que en Dalías se entiende también como fiesta compartida.
La procesión concluye pasada la medianoche con el regreso de la imagen a la Plaza Cristo de la Luz, donde tiene lugar la gran explosión final de pólvora antes de la entrada del Cristo al Santuario. Es, según coinciden quienes acuden cada año, el clímax de toda la jornada: el instante en que la acumulación de humo y ruido de toda la noche se condensa en una última descarga especialmente intensa. Para entonces, el alumbrado público del municipio se ha apagado, de modo que son las propias bengalas de los asistentes las que iluminan la escena mientras la imagen entra en el templo.
Todavía queda un último capítulo pirotécnico: a la una de la madrugada, ya con el Cristo de vuelta en su altar, se dispara el tradicional Castillo de Fuegos Artificiales desde la Plaza Cristo de la Luz, y se encienden ‘las bomas’ del emparrilado de la plaza, un espectáculo de corte más clásico que pone el broche visual a una jornada que ha estado dominada, sobre todo, por el sonido y el olor de la pólvora y la fe.

Tradición y seguridad, un equilibrio cada vez más vigilado
El propio Ayuntamiento de Dalías es consciente de que esta tradición no está exenta de riesgos, especialmente en un contexto marcado por veranos cada vez más sensibles en materia de incendios forestales. Lejos de plantearse renunciar a ella, el municipio ha optado por reforzar la planificación: cuenta con un Plan Territorial de Emergencia Local actualizado, un plan específico de emergencias ante incendios forestales, un Plan General de Peregrinos y, de forma particular, un plan de seguridad diseñado exclusivamente para los disparos de pólvora durante las fiestas. El objetivo declarado por las autoridades municipales es claro: mantener intacta una herencia que consideran parte esencial de la identidad daliense, pero rodeándola de todas las garantías posibles.
Una imagen con historia propia
La devoción que sostiene todo este despliegue pirotécnico tiene, además, una historia particular. La actual talla del Cristo de la Luz no es la original: fue realizada por el imaginero sevillano Antonio Castillo Lastrucci después de que la imagen primitiva desapareciera durante la Guerra Civil, y llegó a la Iglesia Parroquial de Santa María de Ambrox de Dalías en 1939. Esa historia de pérdida y recuperación forma parte del relato colectivo que cada mes de septiembre revive la localidad, y que explica, en parte, la intensidad casi desbordada con la que Dalías celebra el regreso de su Cristo a las calles cada tercer domingo de septiembre.
Con la Misa de Acción de Gracias, prevista para el lunes, se pone punto final a más de dos semanas de programación que han combinado música, carrozas, gigantes y cabezudos, actividades deportivas y culturales, y los actos religiosos centrales. Pero será, sin duda, la noche de la pólvora la que quede grabada en la memoria de quienes se acercan cada año a Dalías: una experiencia en la que la fe, el humo y el estruendo se funden hasta hacerse indistinguibles.


