Mar Vázquez y la teatralización del poder municipal
‘La alcaldesa de Almería, María del Mar Vázquez, (junto al presidente de la Diputación Provincial, José Antonio García Alcaina, que, por esos extraños misterios de el carisma o la falta de carisma o de presencia parecía diluido, desaparecido, imbuido en el balcón del ayuntamiento de Almería como el personaje ese de Shrek, el rey liliputiense), leyó el manifiesto de la FEMP, desde el balcón, claro, a sus pies: el espacio casi diáfano que tantas obras y dineros les ha costado a los almerienses ‘petado de peña con banderas’.’
La política como teatro
En El poder en escenas (Paidós, 1994), el antropólogo francés Georges Balandier sostiene la tesis de que en política el poder no solo se ejerce, se representa. El poder precisa de atrezo, escenografía, distancia, protocolo, ritualidad y espectáculo para generar credibilidad y verosimilitud. No basta con tener autoridad o legitimidad, en este caso democrática, el que ostenta el poder, aunque sea municipal, tiene que aparentar en primer lugar que sabe lo que hace, y en segundo lugar tiene que convencer de que el ejercicio de ese poder le es connatural; la decoración, el atrezo, no sé, unas cortinas de unos cuantos miles de euros de nada, el suelo de piedra natural que pisa en el Paseo, si se cae a pedazos, tiene que caerse a pedazos con la magnificencia de una ruina griega, y ser un suelo si se quiere decadente, sí, pero con una decadencia adecuada para una persona de su calidad.
Balandier retoma la idea de los clásicos modernos de la antropología política (desde Frazer: La rama dorada, a Kantorowicz: Los dos cuerpos del rey, un estudio de teología política medieval), de que el gobernante no actúa como individuo, sino como ‘encarnación’ de un cuerpo colectivo —la ciudad, la nación, el pueblo—, y esa ‘encarnación’ no es creíble sin la puesta en escena adecuada, sea esta real o virtual, o ambas cosas. Pensar que alguien, la alcaldesa de Almería, por ejemplo, acepta la sugerencia de que haga su aparición desde el balcón del ayuntamiento porque sí precisamente en una jornada de ‘solidaridad con Ceuta’ y con un lleno garantizado no parece muy inteligente a estas alturas. Almería, la capital, quizás por primera vez en su historia, es capaz de concitar suficientes participantes en este tipo de actos gracias al crecimiento exponencial de la población almeriense y a ‘La decadencia del Poniente’ (si me permiten la broma y la comparación con la obra de Spengler, ya que nos hemos puesto tontos con las referencias librescas desde el inicio) cuya clase media y media alta ‘de los pueblos’ empieza a necesitar de una ambiente medianamente urbano, quizás también por primera vez en la historia de Almería, y esto va a ser de crucial importancia de cara al futuro, porque el poder provincial, quizás también por primera vez en la historia de Almería, va a estar especialmente concentrado en la capital. Lo que es una lástima es que Pedro Manuel de La Cruz no esté ya dirigiendo La Voz de Almería para disfrutar de ese momento que seguramente tanto soñó y al que tanto contribuyó, por el bien de la provincia siempre, salvo que el ideólogo de que ‘no toda Almería es Almería’ fuese realmente el Ciudadano Martínez, que todo puede ser,
Para Balandier el poder se ejerce y también se interpreta, teatralmente, claro. Su legitimidad, por decirlo de alguna forma, no depende tan solo del Derecho ni del sufragio universal: su legitimidad es también estética: los atavíos, los apechusques, la altura, la iluminación, el silencio que precede a un discurso, la distancia física entre quien manda y quien obedece, son partes constitutivas —no solo decorativas— del poder, y su difusión por los medios de comunicación, repetición y propaganda son las réplicas, a veces muy intensas, que acompañan a los terremotos.

Balconing
Pocos elementos arquitectónicos otorgan mayor majestad que un balcón a cierta altura y en un espacio lo suficiente diáfano. No sé si vamos pillando por qué querían una Plaza Vieja sin pingurucho y sin árboles los llamados en su día ‘escenógrafos y decoradores de los espacios diáfanos’. Pues para qué iba a ser, para que las miradas se concentraran de cuando en vez en el balcón y nada estorbara a esa mirada, para mayor gloria del ungido, en este caso ungida. Un balcón realza la majestad del poder, separa el cuerpo ‘celeste’ del terruño y el resto de los cuerpos mortales e infestos, lo sitúa por encima de la multitud y organiza la mirada de todos hacia un único punto elevado. El balcón es, por así decirlo, la forma tridimensional del lema del nuevo desPPotismo ilustrado: ‘todo con los votos del pueblo pero, básicamente y en esencia, todo pa nosotros, por lo menos en un porcentaje en condiciones, que está la cosa mu mala y hay que celebrar la vida a diario’.
En todos los casos (y volvemos a ponernos serios y solemnes), opera el mismo mecanismo que describe Balandier: la distancia física se traduce en distancia simbólica, y esa distancia, lejos de debilitar el vínculo con el pueblo, lo magnifica. Cuanto más lejos y más alto está el cuerpo del poder, más grande parece. El balcón no acerca al gobernante a la gente: la gente se acerca al balcón para observar al poder de cerca, no para tocarlo. Es una paradoja central de la teatralidad política: el espectáculo de la cercanía se construye y se soporta precisamente sobre la separación, sobre la distancia, por mucho que ese acercamiento sea físico e incluso íntimo, por ejemplo en campaña, la distancia es matemáticamente insuperable, como en la famosa paradoja de Aquiles y la tortuga.
El balcón en la era democrática
No, las democracias actuales, con su retórica de horizontalidad y de proximidad (‘estoy aquí para escucharos’, ‘yo gobierno para todos’), no han prescindido de esta clase de escenografía, de hecho ahora hay un auténtico revival del protocolo y la escenografía, y perdón por el anglicismo. Los balcones ahora son las cámaras, los actos diseñados para ser replicados digitalmente en las redes sociales, que multiplican algoritmicamente el efecto de la elevación, si se gestionan bien, etc. Pero tener a casi todos los medios comprados es fundamental, basta un aguafiestas, una voz disonante que llegue lo suficiente cerca y denuncie el trampantojo o ridiculice al poder para que la máscara acabe cayendo, pero para eso, amigos, está la famosa ‘espiral de silencio’, ese concepto que Elisabeth Noelle-Neumann (nazi en su juventud y luego asesora de políticos democristianos alemanes) que revitalizó con su obra del mismo nombre la idea que tanto ha ayudado a los grandes gurús de la manipulación mediática a entender que las masas tienden a callar, y después a otorgar, y más tarde a aclamar por pura mímesis ideológica, por pura asimilación de lo que entienden que creen y defienden las mayorías, y esto vale lo mismo para las creencias religiosas, para los prejuicios o para la política moderna, que vienen a ser, desgraciadamente, cosas parecidas muy a menudo. Pero, al final, nos cuesta acabar de querer entender que esas creencias son fabricadas, reelaboradas e impuestas a base de repetición, mucha repetición, a diario.
El didactismo ha muerto en política, resucitará, pero de momento está muerto, solo funcionan las ideas simples y primarias, es decir, solo funcionan las ideas de derechas, porque se desprecia la idea de que todo el mundo debe tener un nivel mínimo de educación, tolerancia, bondad, respeto y todas esas cosas democráticas y woke. Es falso que haya pedagogía, pensamiento, ideología, o cualquier tipo de sofisticación en los mensajes de determinados partidos, es solo pienso para el ganado, y las mayorías, desgraciadamente, al menos en determinados ciclos históricos, quieren eso: pienso. Hasta que llegue una crisis lo suficientemente disruptiva como para que la gente deje de querer pienso, de golpe y porrazo y todos a la vez decidan que ya está bien de pienso, y por el mismo mecanismo de ‘la espiral de silencio’, se impone la buena nueva. Lo peor es que, a veces, con cierta frecuencia, en otros periodos más bien salvajes, las masas empiezan a creer que lo que realmente necesitan es sangre ajena.
El caso Almería
Miles de personas se concentraron en la Plaza Vieja (Plaza de la Constitución) de Almería en un acto convocado por la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) en solidaridad con Ceuta (en contra del Gobierno), en un contexto de fuerte tensión migratoria en la ciudad autónoma. La alcaldesa de Almería, María del Mar Vázquez, (junto al presidente de la Diputación Provincial, José Antonio García Alcaina, que, por esos extraños misterios de el carisma o la falta de carisma o de presencia, parecía diluido, desaparecido, imbuido en el balcón del ayuntamiento de Almería, como el personaje ese de Shrek, el rey liliputiense), leyó el manifiesto de la FEMP, desde el balcón, claro, a sus pies: el espacio casi diáfano que tantas obras y dineros les ha costado a los almerienses, ‘petado de peña con banderas’.
Volviendo a Balandier, el episodio este del balcón de la Piazza Vecchia es casi un manual de dramaturgia política: la convocatoria cívica, pacífica y ejemplar define el marco emocional y legitima la escena antes de que lo importante suceda: lo importante es que en el momento decisivo los ojos todos, y a ser posible por pares, se posen en la lideresa por sorpresa y casi sobrevenida, pero con pedigrí, »suspendida’, casi levitando mágicamente, en el balcón. La verticalidad convierte un acto de ‘solidaridad con Ceuta’ en un acto de representación individual que acapara TODA la atención, y eso es justamente lo que se ha buscado, en Almería y en toda España: la alcaldesa, en ese momento, es simbólicamente ungida y coronada por el pueblo, la masa, o como lo queramos llamar, meses antes de que ese sacrosanto pueblo almeriense, obnubilado por el recuerdo de OT, los misterios, que Almería salga en al tele, las mejores playas de España, las migas cuando llueve, el americano del quiosco Amalia y la escenografía política del PP, deposite sus papeletas en las urnas.
¿Y esto por qué y por qué ahora?, se preguntará usted si ha logrado llegar hasta aquí. Por Vox. Para arrebatarle capital simbólico. Deshumanizar a Sánchez y al gobierno de centro-izquierda y arrebatarle su capital simbólico, su tesooooroo, a Gollum Abascal (un poder simbólico que todavía muchos no saben cómo demonios ha llegado a sus manos, las del Gollum de Amurrio, digo, pero eso es otro capítulo) son las bazas que le quedan al intermediario del PP con los alegres y románticos ‘contrabandistas’ gallegos para celebrar su victoria desde el balcón de Génova, 13, menos majestuoso que el de la Plaza Vieja, claro, porque como Almería no hay na, pero con acceso a un presupuesto que lo peta. El lobby y los Trump se están frotando las manos.


