Los químicos para la extracción del oro de Rodalquilar siguen contaminando el agua del Cabo de Gata
Un estudio de la Universidad de Málaga publicado en la revista Geogaceta revela que los residuos de la cianuración empleada hace décadas para extraer oro en Rodalquilar siguen liberando arsénico, plomo y otros metales pesados al acuífero que abastece a la zona, con la lluvia como principal motor de ese proceso
Sabemos que Almería es una de las regiones más áridas de Europa, y sabemos que el agua subterránea, y ahora el agua desalada, son los únicos recurso hídricos disponibles. En cuanto al agua de los acuíferos: un antiguo vertedero minero sigue afectando a la calidad de las aguas subterráneas de la comarca de Níjar. Así lo confirma un estudio publicado en el número 79 de la revista Geogaceta, de la Sociedad Geológica de España, firmado por los investigadores Javier Buera Cuerva, Matías Mudarra Martínez y Bartolomé Andreo Navarro, del Departamento de Ecología y Geología y del Centro de Hidrogeología de la Universidad de Málaga (CEHIUMA).
No es oro todo lo que reluce
El Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, en la provincia de Almería, se asienta sobre un antiguo complejo volcánico formado hace millones de años en un entorno submarino, entre coladas de andesitas y dacitas y episodios explosivos de brechas y tobas. La intensa actividad hidrotermal asociada a ese vulcanismo, ocurrida hace unos siete millones de años, dio lugar a grandes bandas mineralizadas, entre ellas formaciones auríferas que el ser humano lleva explotando desde el siglo XIX, aunque fue durante el siglo XX cuando la extracción alcanzó su mayor intensidad.
Para separar el oro de la roca, en Rodalquilar se empleó durante décadas el método de cianuración en una planta de tratamiento de tipo Denver. El proceso, eficaz para la minería pero enormemente agresivo para el entorno, generó una gran cantidad de residuos que terminaron acumulados en una escombrera de 0,13 kilómetros cuadrados —el equivalente a unos 18 campos de fútbol—, hoy abandonada, que se asienta sobre depósitos detríticos cuaternarios y sobre el propio sustrato volcánico. Esa escombrera es, precisamente, la protagonista del estudio.
Un estudio minucioso del agua y del suelo
Para averiguar qué está pasando realmente con esos residuos décadas después, el equipo de investigadores combinó dos aproximaciones complementarias. Por un lado, tomó muestras de agua subterránea y de escorrentía superficial en distintos puntos de la cuenca de Rodalquilar —pozos, sondeos, norias tradicionales y manantiales—, midiendo en el propio terreno parámetros como la conductividad eléctrica y el pH, y analizando después en laboratorio la concentración de metales y metaloides como el cromo, el manganeso, el níquel, el cobalto, el cobre, el zinc, el arsénico y el plomo.
Por otro lado, hicieron un experimento de laboratorio (denominado experimento batch) en el que pusieron en contacto muestras de suelo procedentes de tres entornos distintos —la propia mina, la escombrera y los sedimentos del valle de Rodalquilar— con agua pura, dejando que ambos reaccionaran durante periodos de tiempo crecientes, desde una hora hasta ochenta días, para observar cómo iban liberándose los distintos elementos con el paso del tiempo. El trabajo de campo se vio además marcado por un episodio revelador: un episodio de lluvias intensas (74 mm) registrado el 22 de mayo de 2023 provocó escorrentía en los arroyos de la zona y dejó a la vista un lixiviado de color anaranjado que manaba directamente de la escombrera, una imagen que por sí sola ya anticipaba parte de los resultados del estudio.

Fig. 1.- Mapa geológico del área de Cabo de Gata-Níjar. Modificado de Pineda et al. (1983). Ver
figura en color en la versión web.
Arsénico y plomo
Los resultados confirman que tanto las aguas superficiales —incluida la propia escorrentía de la escombrera— como las subterráneas de la zona presentan una composición química de tipo cloruro-sódico, con una conductividad eléctrica que osciló entre 0,6 y 6,0 mS/cm, reflejo de una notable mineralización del agua. El pH se mantuvo generalmente en valores neutros en las aguas subterráneas (entre 6,57 y 7,84), mientras que tanto en el arroyo de Granadillo como en el propio lixiviado de la escombrera el agua resultó ligeramente básica.
El dato más relevante desde el punto de vista ambiental es que las concentraciones de arsénico y plomo —dos elementos con un reconocido riesgo bio-ecológico— aumentan de forma clara aguas abajo de la escombrera dentro del acuífero, un patrón que los investigadores atribuyen directamente a la infiltración del lixiviado procedente de los residuos mineros. Otros elementos como el cromo, el níquel y el cobalto siguen una tendencia similar, aunque menos acusada, mientras que curiosamente el manganeso, el cobre y el zinc muestran el comportamiento contrario: sus valores disminuyen conforme el agua avanza aguas abajo, un matiz que apunta a que no todos los metales se comportan igual una vez llegan al acuífero.
El experimento de laboratorio confirmó ese protagonismo del arsénico: la muestra de suelo procedente de la propia escombrera fue, con diferencia, la que liberó mayor cantidad de este elemento al agua, con una concentración media de 904,1 microgramos por litro a lo largo de los ochenta días de ensayo, muy por encima de los valores registrados en los suelos de la mina o del valle de Rodalquilar. Esa misma muestra de escombrera también presentó los valores más altos de cromo y cobalto, reforzando la idea de que es este depósito de residuos, y no el resto del entorno minero, el verdadero foco de la contaminación.
La lluvia provoca la infiltración
Una de las aportaciones más interesantes del estudio es la explicación del mecanismo por el cual estos elementos terminan concentrándose o diluyéndose en el agua subterránea, un proceso que los autores describen como dependiente, en buena medida, del régimen de lluvias. Cuando se produce un episodio de lluvia de baja intensidad, los metales y metaloides acumulados en el suelo se removilizan y se infiltran junto con el cloro y el sodio procedentes del aerosol marino, tan presente en esta franja costera. A partir de ahí, la evaporación característica de un clima tan árido concentra progresivamente estos elementos en los horizontes del suelo, en un fenómeno que los investigadores denominan evapoconcentración.
Los suelos del valle de Rodalquilar, más expuestos que los de la zona minera tanto al aerosol marino como al de la propia escombrera debido a su topografía y cercanía al mar, terminan acumulando así una mayor concentración de sales y metales, que después recargan el acuífero con un agua ya más mineralizada. Cuando llegan las lluvias intensas —como la registrada en mayo de 2023—, el proceso se acelera: estos elementos son arrastrados por la escorrentía e infiltrados directamente en el acuífero, provocando un aumento generalizado tanto de la salinidad como de la concentración de metaloides en el agua subterránea. El viento juega también su papel, aunque de forma más secundaria, erosionando la superficie de la escombrera y transportando partículas contaminadas hacia los suelos circundantes.
Frente a este proceso de concentración, el estudio identifica también mecanismos que actúan en sentido contrario: el intercambio iónico, la dilución y la precipitación de minerales carbonatados y sulfatados contribuyen a reducir la concentración de determinados elementos —especialmente el manganeso, cuyo comportamiento hidrogeoquímico particular lo hace especialmente sensible a estos procesos de intercambio— a medida que el agua avanza por el acuífero.
Norias, cultivos y un humedal costero en la ruta del agua contaminada
Más allá del interés puramente científico, el estudio subraya que este no es un problema abstracto o confinado a un laboratorio. Hasta diez norias, empleadas tradicionalmente para el riego y el abastecimiento de agua en la zona, se encuentran situadas aguas abajo de la escombrera, y los investigadores advierten de que los lixiviados actuales de los residuos mineros ya están afectando a la calidad del agua que estas infraestructuras extraen. La ruta del agua contaminada no termina ahí: el estudio apunta a que la biodiversidad de un humedal situado cerca de la costa, en el punto donde desemboca finalmente el flujo subterráneo de toda la cuenca, podría verse también afectada por esta contaminación heredada de una actividad minera que cesó hace décadas.
Una herramienta gráfica para visualizar el problema
Como aportación metodológica, el equipo de la Universidad de Málaga ha propuesto además una versión modificada del llamado diagrama de Stiff, una herramienta gráfica habitualmente empleada en hidrogeología para representar la composición química del agua. En su versión clásica, este diagrama relaciona elementos como el sodio y el cloro, o el calcio y el bicarbonato. La versión propuesta por los autores incorpora, en cambio, los metaloides estudiados, agrupándolos en dos columnas según su comportamiento: una primera basada en su ecotoxicidad (plomo, arsénico, cromo y cobre) y una segunda basada en su comportamiento hidrogeoquímico (manganeso, níquel, cobalto y zinc). Esta herramienta permite visualizar de un solo vistazo cómo se distribuyen espacialmente estos elementos por toda la cuenca de Rodalquilar, facilitando la identificación de los puntos más problemáticos.
Una llamada de atención con vistas al futuro
Los autores concluyen que la movilización de metaloides en la escombrera de Rodalquilar depende tanto del régimen de lluvias como de procesos hidrogeoquímicos específicos, y que los niveles detectados —especialmente de arsénico y plomo— representan una concentración de elementos potencialmente peligrosos tanto para la biodiversidad como para otros usos del agua en la región. De cara al futuro, el estudio reclama centrar los esfuerzos en corregir los posibles daños estructurales de la escombrera y en evitar la libre circulación de los lixiviados alcalinos que siguen manando de ella, una recomendación que cobra especial relevancia en un espacio protegido como el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, donde el agua subterránea sigue siendo, más de un siglo después de que comenzara la fiebre del oro en Rodalquilar, un recurso tan escaso como imprescindible.

