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Ceuta: Europa se está pegando un tiro en el pie

Lo ocurrido resulta difícil de explicar sin tener en cuenta el papel desempeñado por las autoridades marroquíes y de sus aliados, Israel y EEUU, y de unas redes sociales puestas al servicio de generar un conflicto fronterizo.

Mientras el trumpismo empieza a agonizar y parece tener los días contados, hasta los midterms o elecciones de medio mandato, y Netanyahu podría incluso caer antes, Muchos estados miembros, por mero cálculo electoral mal entendido, se desentienden de la solidaridad debida a un país miembro de la Unión Europea, uno de los pocos países de cierto empaque que crece y de alguna manera tira del carro a contracorriente, evitando números macroeconómicos a la Unión que podría señalar una recesión de ‘caballo’ y con visos de perdurar en el tiempo. Especialmente infame es la actitud de Meloni, que no hace mucho tiempo pedía solidaridad por la gran afluencia de inmigrantes a Lampedusa y que sencillamente ha hecho el ridículo cerrando el espacio Schengen a extranjeros procedentes de España con controles aleatorios.

Si en Europa no se entiende que la crisis vivida estos días en Ceuta no puede entenderse únicamente como un episodio migratorio y que deben de condenar la actitud de un Marruecos envalentonado por sus aliados Israel y EEUU es que ni siquiera intuyen que el trumpismo y sus aliados tecnofeudales quieren reventar la Unión Europea. Esta es sobre todo, una crisis política y diplomática que pone de manifiesto las debilidades de la política migratoria europea y la capacidad de determinados estados para utilizar los movimientos de población como instrumento de presión, como instrumentos de una auténtica guerra híbrida con cientos de muertos. Pero también se tarta de una verdadera crisis humanitaria de grandes dimensiones.

El Gobierno español ha reaccionado con rapidez ante una situación extraordinaria. En apenas unas horas desplegó miles de efectivos de la Guardia Civil, la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas para garantizar la seguridad de Ceuta y evitar que el colapso inicial derivara en una situación aún más grave. La coordinación institucional permitió recuperar el control sin que se produjera un deterioro mayor del orden público.

Lo ocurrido resulta difícil de explicar sin tener en cuenta el papel desempeñado por las autoridades marroquíes y de sus aliados, Israel y EEUU, y de unas redes sociales puestas al servicio de generar un conflicto fronterizo. Marruecos controla habitualmente con enorme eficacia los accesos a Ceuta y Melilla. Esa eficacia desapareció durante unas horas precisamente cuando decenas de miles de personas, movilizadas a través de las redes y de otros medios más pedestres, lograban aproximarse simultáneamente a la frontera.

En 2021 ya se produjo una crisis semejante que las instituciones europeas interpretaron como un episodio de presión diplomática ejercida por Rabat. Cinco años después, el patrón vuelve a repetirse: una relajación repentina del control fronterizo seguida de un restablecimiento casi inmediato cuando Marruecos decide volver a intervenir. Es legítimo preguntarse hasta qué punto la inmigración continúa siendo utilizada como un instrumento de negociación política con España y con Bruselas y un sistema de coacción de terceros con un clarísimo sesgo trumpista e intervencionista.

Europa, otra vez a remolque

La respuesta europea ha vuelto a evidenciar las carencias del proyecto comunitario. Mientras España afrontaba una de las mayores crisis fronterizas de los últimos años, algunos gobiernos optaron por adoptar medidas ‘nacionalistas’ de claro cariz propagandístico. Especialmente llamativa ha sido la actitud del Gobierno italiano de Meloni, que endureció los controles sobre viajeros procedentes de España haciendo registros aleatorios a algunos de los pasajeros. En Italia han arreciado las críticas hacia un primera ministra que ni sabe dónde está Ceuta ni conocía que Ceuta no está dentro del espacio Schengen. Una decisión difícilmente compatible con el principio de cooperación que debería regir entre socios europeos. Cuando un Estado miembro sufre una presión extraordinaria sobre una frontera exterior, la respuesta lógica debería ser ofrecer medios materiales, cooperación policial y respaldo político, no bufonadas efectistas. Convertir al país afectado en sospechoso solo debilita al conjunto de la Unión.

España ante la deriva ultraderechista internacional

La crisis llega además en un momento de especial tensión diplomática. El Gobierno de Pedro Sánchez ha mantenido posiciones muy críticas con la ofensiva israelí en Gaza y ha defendido con firmeza el reconocimiento del Estado palestino, una postura que ha provocado un notable deterioro de las relaciones con el Ejecutivo de Benjamin Netanyahu, que considera antisemita todo lo que no sea avalar su genocidio en Gaza y sus ataques a Líbano y otros países de Oriente Medio.

Al mismo tiempo, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha supuesto un cambio de tono en las relaciones transatlánticas, con una política exterior más unilateral y menos inclinada a respaldar posiciones europeas cuando entran en conflicto con sus propios intereses estratégicos.

Defender la frontera también es defender los derechos humanos

Frente a quienes intentan presentar el debate como una elección entre seguridad o derechos humanos, conviene recordar que ambas obligaciones son compatibles. España tiene el deber de proteger una frontera europea, pero también de garantizar que las personas no sean utilizadas como instrumentos de presión geopolítica. Miles de familias marroquíes fueron empujadas hacia una frontera cuya apertura repentina nadie ha explicado de forma convincente. Los primeros perjudicados son precisamente quienes arriesgan la vida creyendo que existe una oportunidad de cruzar. El número de fallecidos en el intento de alcanzar Ceuta es intolerable y da idea de la calidad ‘democrática del régimen de nuestro vecino del sur, al que Europa debe contestar con una sola voz y enviarle un mensaje meridianamente claro.

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