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El viento se levanta: Japón y Alemania vuelven a apostar, un siglo después, por la industria bélica

Como en la película de animación japonesa El viento se levanta, la industria militar japonesa nació, en buena medida, de mirar hacia la Alemania y la Italia que en esos mismos años reconstruían en secreto sus propias capacidades bélicas al margen de los tratados de posguerra. Casi un siglo más tarde, Alemania y Japón vuelven a protagonizar, cada una en su espacio, el mayor giro militar de su historia reciente.

En 2013, Hayao Miyazaki acabó su carrera como director con El viento se levanta, la biografía novelada del ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi, creador del caza Mitsubishi A6M Zero. La película sigue a un joven miope que sueña con volar y que, al tener vedada la carrera de piloto, decide dedicar su talento a diseñar aviones. En uno de sus pasajes más reveladores, Jiro viaja a Alemania para visitar la fábrica del ingeniero Hugo Junkers, entonces en la vanguardia mundial de la aviación, y allí un misterioso turista alemán le advierte del clima de persecución que empezaba a instalarse bajo el nazismo. En sus sueños, además, Jiro dialoga con el conde Giovanni Battista Caproni, el gran pionero italiano de la aeronáutica, que actúa como su maestro espiritual y le transmite tanto la fascinación por el vuelo como el peso moral de saber que sus máquinas terminarán usándose para la guerra.

No sabemos lo que inventan o no inventan sobre Miyazaki en esta película de animación, pero parece que el propio Horikoshi viajó en efecto a Europa y Estados Unidos entre finales de los años veinte y principios de los treinta para estudiar la tecnología aeronáutica occidental, en una época en la que la industria alemana —pese a las restricciones impuestas tras la Primera Guerra Mundial— y la italiana marcaban el paso en diseño de motores y aerodinámica. De aquellas transferencias de conocimiento, y de la competencia que Mitsubishi mantenía con Nakajima por incorporar los últimos avances europeos —incluida la inspección de un Heinkel He 112 adquirido por la Armada japonesa—, surgió la generación de cazas que llevó a Japón a la guerra en el Pacífico. La industria militar japonesa nació, en buena medida, de mirar hacia la Alemania y la Italia que en esos mismos años reconstruían en secreto sus propias capacidades bélicas al margen de los tratados de posguerra. Ficción o no ficción, la historia viene como anillo al dedo para lo que queremos contar.

Imagen del DVD del largometraje de animación de Studio Ghibli El viento se levanta

Un siglo después

Casi un siglo más tarde, Alemania y Japón vuelven a protagonizar, cada una en su espacio, el mayor giro militar de su historia reciente, y ambas lo hacen invocando idéntico argumento: no se trata solo de defensa, se trata de que el rearme palíe la crisis industrial inducida por al competencia china.

Alemania ha destinado 108.200 millones de euros a su presupuesto de defensa para 2026, con una previsión de crecimiento hasta unos 152.000 millones en 2029 —el triple que en 2023—, lo que la convierte en el país con mayor gasto militar de Europa. Ese salto, financiado en parte con deuda pública y recortes en gasto social, ha reactivado con fuerza a compañías como Rheinmetall, KNDS —fruto de la fusión entre la alemana Krauss-Maffei Wegmann y la francesa Nexter— y Diehl Defence, en el marco de un fondo especial de 377.000 millones de euros aprobado por el Bundestag. El objetivo declarado por Berlín no es solo alcanzar el nuevo umbral del 3,5% del PIB en gasto de defensa acordado en la OTAN, sino convertirse en el centro logístico y de mando del flanco oriental de la alianza atlántica, tras casi ocho décadas de un pacifismo que el propio Gobierno alemán ha calificado como definitivamente superado.

En Japón, el giro es igualmente pronunciado. El gabinete de la primera ministra Sanae Takaichi aprobó para el año fiscal 2026 un presupuesto de defensa récord de más de 9 billones de yenes —unos 58.000 millones de dólares—, dentro de un presupuesto nacional también histórico de 122,3 billones de yenes. La cifra sitúa a Japón como el tercer mayor inversor militar del mundo, solo por detrás de Estados Unidos y China, y forma parte de un plan quinquenal iniciado en 2022 para duplicar el gasto de defensa hasta el 2% del PIB, meta que Tokio prevé alcanzar antes de lo previsto. El propio Libro Blanco de Defensa japonés vincula explícitamente el rearme con el crecimiento económico y la innovación tecnológica, apostando por capacidades de ataque a larga distancia, misiles hipersónicos y el desarrollo conjunto de un caza de nueva generación junto a Reino Unido e Italia, mientras flexibiliza las restricciones a la exportación de armamento que había mantenido desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Paralelismos

Es tentador leer estos movimientos como una repetición del guion de los años veinte y treinta, cuando Alemania reconstruyó en la sombra su capacidad militar burlando el Tratado de Versalles y Japón, tras abandonar la Sociedad de Naciones en 1933, aceleró su industria aeronáutica y naval hasta convertirse en potencia expansiva en Asia. El paralelismo tiene, sin duda, elementos reales: ambos países vuelven a situar la industria de defensa en el centro de su estrategia económica, ambos rompen tabúes constitucionales o culturales asumidos durante décadas —el pacifismo alemán de posguerra, el artículo 9 de la Constitución japonesa que prohíbe el mantenimiento de fuerzas bélicas ofensivas—, y ambos lo hacen en paralelo a un rearme regional que se retroalimenta: China acusa a Japón de «acelerar su rearme» recordando sus obligaciones como país derrotado en 1945, mientras sectores de opinión europeos advierten de que el auge del gasto militar alemán coincide con el ascenso de fuerzas de extrema derecha como Alternativa por Alemania.

El eco histórico resulta difícil de ignorar precisamente por lo que tiene de estructural: en ambos casos, una potencia industrial de primer nivel redirige su capacidad tecnológica y manufacturera hacia la producción de armamento, apoyada en el argumento de que ese esfuerzo no resta, sino que suma, crecimiento económico e innovación. La guerra de Ucrania y la hostilidad contra Rusia, que ya no son justificables desde el punto de vista ideológico o de modelo económico, desde la caída del muro de Berlín, en Europa, y las tensiones geoestratégicas con una China que tienen la capacidad real de estrangular las salidas marítimas de Japón por varios puntos, y más con el eje Rusia-China tan bien engrasado y unos EEUU que están siendo paulatinamente expulsados del Mar de China y una Taiwán cada día más conciliadora, a la fuerza, con su gran hermana mayor, que puede dejar a Japón y Corea geoestratégicamente aislados.

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