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Por qué los ayuntamientos deberían pensar en la salud de sus ciudadanos y pegar un giro de 180º en la instalación de parques infantiles y áreas deportivas

Este artículo repasa la evidencia científica —con especial atención a la producida en España— sobre los riesgos de estos suelos, incluyendo tanto el granulado de caucho reciclado como los pavimentos continuos flexibles de poliuretano y EPDM, y el asfalto convencional que rodea muchas de estas instalaciones.

A principios de los años 2000, los suelos de caucho reciclado desembarcaron en los parques infantiles de toda España. Prometían tres cosas difíciles de discutir: eran más seguros frente a caídas que el hormigón, la arena o el chinorro, resultaban vistosos y coloridos, y permitían dar una segunda vida a millones de neumáticos fuera de uso. Dos décadas después, ese mismo material —y su primo hermano, el césped artificial con relleno de granulado de caucho— se ha convertido en objeto de escrutinio científico creciente, tanto por parte de instituciones públicas de investigación españolas como de agencias europeas. La pregunta que hoy se plantean investigadores, pediatras y organizaciones ambientales no es si estos suelos son cómodos o baratos, sino si es razonable seguir exponiendo a millones de niños y niñas, de forma diaria y prolongada, a materiales que liberan sustancias químicas clasificadas como disruptores endocrinos, cancerígenas o simplemente tóxicas.

Este artículo repasa la evidencia científica —con especial atención a la producida en España— sobre los riesgos de estos suelos, incluyendo tanto el granulado de caucho reciclado como los pavimentos continuos flexibles de poliuretano y EPDM, y el asfalto convencional que rodea muchas de estas instalaciones. Se revisa también el marco regulatorio europeo que ya ha comenzado a restringirlos, y los argumentos a favor de aplicar un principio de precaución reforzado en los espacios donde los usuarios principales son, precisamente, los organismos más vulnerables a la exposición química: los niños en desarrollo.

Qué hay realmente debajo del suelo de un parque infantil

La mayoría de los suelos «amigables» de parques infantiles y muchas superficies deportivas sintéticas se fabrican con granulado de caucho procedente de neumáticos fuera de uso (NFVU), conocido técnicamente como SBR (caucho de estireno-butadieno). A este material reciclado se le suelen añadir, además, caucho sintético virgen para conseguir los colores llamativos característicos de estos pavimentos, así como ésteres organofosforados (OPE), empleados como retardantes de llama.

Un equipo de investigadoras del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IDAEA-CSIC) —Teresa Moreno y Ethel Eljarrat, esta última directora del instituto— lleva años analizando de cerca estos materiales tras constatar el auge imparable del caucho reciclado en los parques infantiles españoles. Sus investigaciones han identificado en estos suelos compuestos que «pueden funcionar como disruptores endocrinos, es decir, que imitan la acción de las hormonas y alteran el funcionamiento corporal», y otros sobre los que «hay evidencias de que pueden llegar a ser tóxicos», según ha explicado la propia Teresa Moreno. Las investigadoras no niegan las ventajas del reciclaje —»hay millones de ruedas en el mundo y en muchas ocasiones no sabemos qué hacer con ellas», reconocen—, pero insisten en que resulta imprescindible entender qué ocurre cuando ese material termina bajo los pies, y las manos, de niños que juegan, se sientan, gatean o incluso se llevan objetos a la boca sobre esas superficies durante años.

Otros estudios divulgados en medios especializados en salud detallan que el granulado de neumático triturado puede liberar hasta 17 hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP) y diversos ftalatos, dos familias de compuestos con capacidad reconocida de alterar el sistema endocrino. Según recogen estas investigaciones, la exposición a disruptores endocrinos se ha asociado con un aumento en la incidencia de problemas en el desarrollo del sistema reproductor, infertilidad, obesidad, diabetes, asma y, en determinados contextos de exposición, cáncer. El catedrático de la Universidad de Granada Nicolás Olea —una de las voces académicas españolas con mayor trayectoria en el estudio de los disruptores endocrinos— ha señalado además que las pinturas plásticas utilizadas en elementos de juego pueden contener metales pesados tóxicos, como el aluminio presente en algunas pinturas de tono amarillo.

Ecologistas en Acción

La evidencia científica española sobre disruptores endocrinos en la infancia

El interés por los disruptores endocrinos no es nuevo en la investigación biomédica española, y sus hallazgos sobre la población infantil ayudan a entender por qué el debate sobre los suelos de los parques no es una cuestión menor.

Uno de los trabajos de referencia es el de Fernández, Olmos y Olea (2007), publicado en Gaceta Sanitaria, que revisó la literatura epidemiológica nacional e internacional publicada entre 1990 y 2006 sobre la asociación entre la exposición a disruptores endocrinos durante el embarazo y el riesgo de malformaciones del tracto urogenital masculino, como la criptorquidia y la hipospadias. El estudio parte de una premisa clave que sigue vigente: la etapa intrauterina y la primera infancia constituyen las fases más vulnerables a la exposición a compuestos hormonalmente activos.

En la misma línea, la cohorte de nacimiento española INMA (Infancia y Medio Ambiente), uno de los grandes proyectos de investigación epidemiológica del país, ha generado evidencia específica sobre los efectos de los disruptores endocrinos en el crecimiento infantil y la obesidad. Sus resultados se enmarcan en lo que la propia investigación denomina la «hipótesis de los obesógenos ambientales»: la idea de que la exposición a determinados contaminantes puede alterar las vías moleculares de regulación hormonal y epigenética implicadas en el desarrollo del tejido adiposo, incrementando así la susceptibilidad individual a desarrollar obesidad. Los propios autores señalan que, si bien la hipótesis cuenta con respaldo en estudios experimentales, la evidencia en humanos es todavía limitada y se basa mayoritariamente en datos transversales, lo que subraya la necesidad de seguir investigando con diseños longitudinales robustos como el que ofrece la propia cohorte INMA.

A escala pediátrica más amplia, la literatura en español recogida en revistas como Iatreia recuerda que los disruptores endocrinos abarcan una familia muy heterogénea de compuestos —desde pesticidas derivados del DDT hasta derivados petroquímicos de la industria del plástico— y que sus efectos potenciales incluyen anomalías intrauterinas por daño al tejido fetal en formación y alteraciones en el desarrollo posterior del niño, lo que convierte a la población pediátrica en un grupo de especial atención preventiva.

Microplásticos: el problema que ya ha empezado a resolver la Unión Europea

Más allá de la toxicidad química puntual, existe un segundo problema, de naturaleza ambiental pero con implicaciones directas sobre la exposición humana: estos suelos son una fuente relevante de microplásticos. Tanto el granulado suelto de los campos de césped artificial como las fibras del propio césped —fabricadas en polietileno y fijadas sobre una base de poliuretano— se fragmentan con el uso y el paso del tiempo, generando partículas que acaban dispersándose en el entorno a través del agua de lluvia, el calzado y la ropa deportiva.

La Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA) ha calculado que, solo en Europa, unas 16.000 toneladas de microplásticos procedentes de estas superficies con caucho acaban cada año en el medioambiente, lo que convierte al relleno granular de caucho en la mayor fuente individual de microplásticos añadidos intencionadamente a productos, por delante incluso de las microesferas de los cosméticos. Con más de 42.000 campos de césped artificial en el continente, el problema no es anecdótico.

Como respuesta, la Comisión Europea aprobó el Reglamento (UE) 2023/2055, que restringe la comercialización de micropartículas de polímeros sintéticos no biodegradables —entre ellas los rellenos de SBR, EPDM y TPE utilizados en césped artificial, cuyo tamaño de partícula suele oscilar entre 0,5 y 2,5 mm—. La norma establece un periodo transitorio hasta el 17 de octubre de 2031, fecha a partir de la cual quedará prohibida la instalación de nuevos rellenos poliméricos de este tipo, aunque los campos ya existentes podrán seguir utilizándose hasta el final de su vida útil. Es importante señalar, no obstante, que esta restricción concreta afecta sobre todo a los campos deportivos de césped artificial, y que, según distintas interpretaciones normativas, no alcanza de la misma manera a los pavimentos de seguridad de los parques infantiles fabricados con granulado de caucho aglomerado con resinas, lo que ha generado un vacío que organizaciones ecologistas consideran insuficiente.

Más allá del granulado suelto: los pavimentos continuos flexibles de poliuretano y EPDM

Buena parte del debate público se ha centrado en el granulado de caucho reciclado suelto o encapsulado en losetas, pero existe una segunda familia de suelos, cada vez más extendida en parques infantiles nuevos, que merece la misma atención: los llamados pavimentos continuos o «in situ», fabricados combinando gránulos de caucho —normalmente SBR en la capa base y EPDM en la capa superior de color— con resinas de poliuretano que actúan como ligante, aplicadas directamente sobre el terreno sin juntas visibles.

Estos suelos se comercializan habitualmente como «no tóxicos» y certificados conforme a la norma europea de seguridad EN-1177, que regula la absorción de impactos frente a caídas, no la composición química del material. Ahí reside un matiz importante: cumplir con la norma de seguridad frente a golpes no equivale automáticamente a estar libre de sustancias con potencial disruptor endocrino. La propia industria del sector reconoce que la elección del tipo de resina utilizada como ligante es determinante para la seguridad química del producto: mientras las resinas basadas en MDI (metilendifenildiisocianato) se consideran más seguras, el uso de TDI (diisocianato de tolueno) está limitado en aplicaciones infantiles precisamente por su toxicidad aguda, según reconocen fabricantes especializados en pavimentos de caucho para parques infantiles.

La propia inquietud generada por estos materiales ha llegado hasta el CSIC, que ha puesto en marcha un estudio específico, dirigido por la investigadora María Teresa Moreno Pérez, titulado «Caucho reciclado y superficies recreativas: la química de los microplásticos vulcanizados utilizados en parques infantiles», actualmente en fase preliminar y con una duración estimada de tres años. La propia Asociación Española de Fabricantes de Mobiliario Urbano y Parques Infantiles (Afamour) ha reconocido públicamente la existencia de esta investigación y ha reclamado a las administraciones el cumplimiento estricto del Reglamento REACH de sustancias químicas, un indicio de que el sector es consciente de que la cuestión no está cerrada, pese a que insista en que sus productos certificados cumplen la normativa vigente.

A esta familia de compuestos —hidrocarburos aromáticos policíclicos, ftalatos, benzotiazol y metales pesados como plomo, zinc, cobre o arsénico procedentes del caucho reciclado— se suma un grupo de sustancias que ha ganado protagonismo en la literatura científica más reciente: las sustancias per- y polifluoroalquiladas, conocidas popularmente como PFAS o «químicos eternos» por su extraordinaria persistencia ambiental y biológica. Estudios recientes sobre césped artificial han detectado la presencia de PFAS junto a hidrocarburos aromáticos policíclicos y ftalatos, una combinación que la literatura científica clasifica conjuntamente como carcinógena, neurotóxica, mutágena y disruptora endocrina. Aunque la investigación sobre PFAS en suelos flexibles de parques infantiles está aún en desarrollo, su hallazgo confirma que el universo de sustancias potencialmente problemáticas en estos materiales es más amplio de lo que sugiere el debate centrado exclusivamente en el granulado de neumático.

Neumáticos usados |Pexels

El asfalto y las superficies duras: un peligro que se activa con el calor

El problema no se limita a los suelos «blandos» diseñados para amortiguar caídas. El asfalto convencional que rodea buena parte de los parques infantiles, patios escolares y zonas deportivas urbanas plantea un riesgo adicional y, en cierto modo, menos conocido por el público general: su capacidad de liberar sustancias tóxicas al calentarse.

Una investigación publicada en la revista científica Science Advances sometió muestras reales de pavimento a temperaturas superiores a los 40 °C —habituales en el asfalto español durante buena parte del verano— y confirmó que el calor provoca la emisión de mezclas sustanciales y diversas de compuestos orgánicos al aire, con una fuerte dependencia de la temperatura. Según explicó Peeyush Khare, uno de los autores del estudio, estos productos derivados del asfalto emiten crecientes cantidades de contaminantes cuanto mayor es la temperatura ambiental y la radiación solar recibida. El resultado son aerosoles orgánicos secundarios y partículas ultrafinas —del tipo PM2.5, capaces de penetrar profundamente en el sistema respiratorio— cuya magnitud puede llegar a superar, en las horas de mayor calor, a las emisiones asociadas al tráfico rodado en la misma zona; algunas estimaciones citadas por la investigación hablan de hasta un 300% más de contaminación del aire en los días de mayor temperatura respecto a superficies naturales equivalentes.

Desde el punto de vista de su composición química, el asfalto es en esencia una mezcla derivada del petróleo cuya fracción más problemática son, de nuevo, los hidrocarburos aromáticos policíclicos, un grupo de compuestos reconocidos como cancerígenos y mutágenos y sobre los que existen indicios de actividad como disruptores endocrinos. La literatura ocupacional —centrada tradicionalmente en los trabajadores expuestos al asfalto caliente durante su aplicación en obra— documenta desde hace décadas una asociación entre esta exposición y un mayor riesgo de cáncer de pulmón, además de efectos dermatológicos e irritativos de las vías respiratorias y oculares en los trabajadores más expuestos. Si esta evidencia justifica protocolos de protección laboral específicos para adultos que trabajan puntualmente con asfalto caliente, resulta razonable preguntarse por qué apenas existe un debate equivalente sobre la exposición pasiva, diaria y prolongada de la infancia a superficies asfaltadas de patios y zonas de juego durante los meses de mayor calor, precisamente cuando la liberación de estos compuestos es más intensa.

Este riesgo químico se suma, además, a un problema físico bien documentado: tanto el asfalto como los suelos de caucho oscuro pueden alcanzar temperaturas superficiales muy superiores a la temperatura ambiente en episodios de ola de calor —cada vez más frecuentes e intensos en España—, generando un riesgo añadido de quemaduras cutáneas en niños que caminan descalzos o se sientan directamente sobre estas superficies, y agravando la exposición por inhalación de las sustancias liberadas por el propio calentamiento del material.

Una evaluación de riesgo con matices: lo que dice —y no dice— la ECHA

Conviene ser rigurosos también con los límites de la evidencia disponible. En una evaluación publicada en 2017, la propia ECHA concluyó que no encontraba motivos para desaconsejar la práctica deportiva sobre césped artificial con relleno de caucho reciclado, tras examinar las vías de exposición por contacto dérmico, ingestión e inhalación en condiciones normales de uso. Esta es una conclusión que distintos sectores de la industria del reciclaje han utilizado para defender la continuidad del material.

Sin embargo, la propia agencia matizó su conclusión reconociendo la presencia de compuestos potencialmente preocupantes en algunas muestras, la variabilidad en la composición del SBR según su origen —dependiente en última instancia del tipo de neumáticos reciclados—, y la liberación progresiva de partículas por abrasión mecánica con el uso continuado. Es decir: la ECHA no afirma que estos materiales sean inocuos en términos absolutos, sino que el riesgo estimado bajo un patrón de uso deportivo «normal» resulta bajo según sus modelos de exposición. Esa distinción es relevante, porque el contexto de exposición cambia sustancialmente cuando se trata de niños pequeños que gatean, se sientan y tienen contacto cutáneo prolongado y directo con el suelo —a menudo sin calzado—, en comparación con el uso deportivo adulto para el que se diseñó buena parte de esa evaluación de riesgo.

Las voces de precaución: qué piden ecologistas y técnicos ambientales

Distintas organizaciones ecologistas españolas han trasladado estas preocupaciones al ámbito municipal, reclamando la retirada de suelos de caucho en parques concretos. Es el caso de Ecologistas en Acción en Tudela (Navarra), que en 2026 alertó sobre el uso de estos pavimentos señalando que se trata de un compuesto que contiene retardantes de llama, colorantes, metales pesados y compuestos orgánicos volátiles considerados disruptores endocrinos y cancerígenos, con un riesgo que consideran especialmente relevante para niños y mujeres embarazadas. La organización subraya, además, que este tipo de instalaciones deberían anticiparse al calendario europeo de restricción de microplásticos en lugar de esperar al límite regulatorio de 2031.

A este argumento químico se añade un segundo problema, de naturaleza física pero con consecuencias directas sobre la salud infantil: el sobrecalentamiento. Los suelos de caucho oscuro absorben y retienen el calor de forma mucho más intensa que superficies naturales como la tierra, la arena o la hierba, lo que en episodios de ola de calor —cada vez más frecuentes e intensos en España, como muestran los registros recientes del verano— puede generar temperaturas superficiales capaces de provocar quemaduras en la piel infantil expuesta y de convertir el propio parque en un factor de riesgo añadido durante las horas de mayor insolación.

Por qué la infancia exige un estándar de precaución más exigente

La combinación de estas líneas de evidencia —disruptores endocrinos identificados en laboratorio por el CSIC, décadas de literatura epidemiológica española sobre los efectos de estos compuestos en el desarrollo infantil, una normativa europea que ya reconoce el problema de los microplásticos derivados de estos materiales, y una evaluación de riesgo de la ECHA que, pese a ser relativamente tranquilizadora en el uso deportivo adulto, no despeja del todo las dudas sobre la exposición infantil prolongada— configura un panorama en el que el principio de precaución cobra pleno sentido.

Este principio, recogido en la propia normativa ambiental europea, no exige esperar a la certeza científica absoluta sobre el daño para actuar, sino que permite —y en ciertos contextos obliga a— adoptar medidas preventivas cuando existen indicios razonables de riesgo, especialmente si los potencialmente afectados son poblaciones vulnerables. Los niños cumplen varias condiciones que los hacen especialmente sensibles a la exposición a disruptores endocrinos: su sistema hormonal está en pleno desarrollo, su superficie corporal en relación con el peso es proporcionalmente mayor que la de un adulto, tienen comportamientos de exposición específicos —como llevarse las manos u objetos a la boca, o el contacto cutáneo prolongado y directo con el suelo— y, sobre todo, disponen de décadas de vida por delante durante las cuales pueden manifestarse los efectos de una exposición temprana, incluyendo alteraciones reproductivas, metabólicas o del neurodesarrollo que la evidencia científica ha ido asociando, con distintos grados de certeza, a estos compuestos.

Alternativas disponibles

La buena noticia es que existen alternativas ya utilizadas con éxito en distintos países y municipios: superficies de corcho natural triturado, madera certificada, fibra de coco, arena de sílice con sistemas de drenaje adecuados, o cauchos EPDM de origen virgen y no reciclado —que reducen aunque no eliminan del todo la presencia de determinados aditivos—. Para los pavimentos continuos, la elección de resinas de poliuretano basadas en MDI en lugar de TDI, junto con la exigencia de certificaciones independientes que analicen específicamente HAP, ftalatos y PFAS —y no solo el comportamiento del material frente a impactos—, constituye un primer paso exigible ya hoy a fabricantes y administraciones contratantes. En el entorno de los propios parques y patios, sustituir el asfalto convencional por superficies permeables de colores claros, pavimentos vegetales o zonas de sombra con arbolado reduce simultáneamente tanto la liberación de compuestos volátiles asociada al calor como el riesgo de golpe de calor y quemaduras cutáneas. En el caso de los campos deportivos, se están explorando rellenos orgánicos vegetales y superficies sin relleno granular, aunque estos últimos aún no igualan siempre las prestaciones biomecánicas del caucho reciclado en términos de absorción de impactos y tracción, según reconocen incluso fuentes vinculadas al sector del reciclaje. El reto, por tanto, no es solo regulatorio, sino también de innovación: encontrar materiales que combinen seguridad frente a caídas, sostenibilidad ambiental y ausencia de compuestos con potencial disruptor endocrino, sin que ninguno de estos tres objetivos se sacrifique en favor de los otros dos.

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