Sucesos

Un joven de 18 años encuentra un tesoro de nueve millones de euros

49 lingotes de oro de un kilo cada uno y cerca de 4.000 monedas

Lo que iba a ser un trabajo de verano rutinario —abrir zanjas para instalar tuberías de saneamiento— terminó convirtiéndose para Kobe, un estudiante belga de 18 años, en el hallazgo de una vida. El pasado 11 de agosto, mientras retiraba parte de los cimientos de un antiguo edificio en Sint-Gillis-Dendermonde, una localidad de la provincia de Flandes Oriental situada a poco más de media hora de Bruselas, el joven y sus compañeros de obra destaparon un escondite con 49 lingotes de oro de un kilo cada uno y cerca de 4.000 monedas, valorado por las autoridades belgas en unos nueve millones de euros.

Viviendas sociales

El descubrimiento se produjo en el conocido como Brouwershuis, un inmueble que perteneció durante décadas a una familia dedicada a la fabricación de cerveza y que hoy es propiedad de CAW Oost-Vlaanderen, una organización belga de asistencia social. Las obras, según ha trascendido, no perseguían ningún fin especulativo: formaban parte de una reforma orientada a habilitar viviendas sociales en el edificio.

Kobe relató después a la cadena flamenca VTM cómo vivió el momento exacto del hallazgo: al principio confundió las primeras piezas con monedas de un euro cualquiera, hasta que entre los escombros apareció algo que no dejaba lugar a dudas: un lingote de oro macizo. Fue entonces cuando el equipo de la constructora De Brand comprendió que se encontraba ante algo mucho más importante que una simple curiosidad arqueológica. Tanto es así que, antes de percatarse de lo que tenían entre manos, los propios trabajadores llegaron a dejar arañazos y marcas de herramienta en algunas de las piezas mientras perforaban la pared.

El botín no estaba disperso ni olvidado por azar en un rincón del sótano: apareció guardado dentro de una caja empotrada, escondida deliberadamente tras un muro de ladrillo tapiado en una pequeña estancia bajo lo que fue la residencia del propietario de la fábrica. Todo apunta, por tanto, a un ocultamiento intencionado y no a una pérdida accidental.

Una familia cervecera

El rastro documental sitúa el origen del inmueble a finales del siglo XIX. La cervecería fue levantada hacia 1899 por Théophile Van Assche, cuya vivienda, adosada a la fábrica, todavía conserva las iniciales de la familia grabadas en la fachada. El negocio cervecero se mantuvo activo hasta aproximadamente 1970. Según ha trascendido en la investigación, ninguno de los tres hijos varones del fundador llegó a casarse, un detalle genealógico que podría resultar clave a la hora de determinar quién heredó —o debería haber heredado— aquella fortuna, y por qué, aparentemente, nadie llegó nunca a reclamarla.

Los investigadores manejan como hipótesis más plausible que el oro fuera escondido en algún periodo de inestabilidad política o económica, cuando confiar los ahorros a una entidad bancaria podía resultar más arriesgado que ocultarlos en la propia vivienda. La diversidad de fechas y acuñaciones entre las monedas recuperadas podría aportar pistas decisivas sobre cuándo se formó exactamente el escondite.

Bajo custodia policial

En cuanto fueron conscientes de la magnitud del hallazgo, los trabajadores alertaron de inmediato a sus responsables y a la policía local de Dendermonde, que desplegó un operativo para inventariar cada pieza antes de trasladar el conjunto a una bóveda de alta seguridad del Gobierno federal belga. La Fiscalía ha abierto una investigación para esclarecer tanto el origen del tesoro como su legítima titularidad, mientras que las autoridades han tenido que salir al paso de la expectación generada en la localidad, pidiendo explícitamente a los curiosos que no se acerquen a la zona de obras, ya cerrada, en la que ya no queda ningún resto del hallazgo.

Qué dice la ley belga sobre ‘tesoros’

El desenlace económico del caso dependerá en buena medida de la legislación belga en materia de bienes hallados sin dueño conocido. La normativa contempla un plazo de cinco años desde la comunicación oficial del hallazgo para que cualquier heredero legítimo pueda presentar y acreditar su derecho sobre el patrimonio encontrado. Si transcurrido ese periodo nadie logra demostrar la propiedad, y siempre que se descarte cualquier vínculo del oro con actividades delictivas, la ley belga prevé fórmulas de reparto entre quienes realizaron el hallazgo y el propietario del inmueble donde se encontraba, aunque el reparto exacto dependerá de las circunstancias concretas que determine finalmente la instrucción judicial.

Un misterio por resolver

Más allá de su indudable valor económico, el hallazgo de Dendermonde plantea preguntas que probablemente resulten más interesantes que el propio oro: quién decidió, en algún momento del siglo pasado, sellar una fortuna entera dentro de un muro; por qué nunca regresó a por ella; y qué series de acontecimientos —una guerra, una muerte repentina, una ruptura familiar— pudieron dejar ese secreto enterrado durante generaciones, hasta que un estudiante de dieciocho años, buscando simplemente ganar algo de dinero durante sus vacaciones de verano, tropezó con él por pura casualidad.

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