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Conoce la historia de Romina, la niña violinista venezolana fallecida, y lo que nos enseña sobre el valor de una sanidad pública de calidad

Romina falleció el domingo 16 de agosto. Días después, su madre, Claribeth Cruz, difundió un vídeo en redes sociales en el que denunciaba lo que considera una atención médica deficiente durante la hospitalización de su hija.

Hay historias que uno querría contar de otra manera, con otro final. La de Romina Rivera Cruz es una de ellas. Tenía nueve años, un violín que parecía demasiado grande para sus manos y una enfermedad que llevaba dentro desde que nació. El pasado domingo 16 de agosto, en el estado venezolano de Portuguesa, esa enfermedad se la llevó. Pero antes de que su nombre apareciera en los titulares por su muerte, ya había aparecido por algo mucho más luminoso: por haber tocado, con solo nueve años, ante el Papa León XIV en el Vaticano.

Una vocación nacida en Acarigua

Romina Valeria Rivera Cruz —así consta su nombre completo— creció en Acarigua-Araure, una zona agrícola del centro-occidente de Venezuela poco acostumbrada a que sus hijas pequeñas salten a la portada de los periódicos internacionales. Con solo cuatro años empezó su formación musical en el Núcleo Acarigua-Araure de El Sistema, la red nacional de orquestas y coros infantiles y juveniles de Venezuela, ese proyecto que desde los años setenta ha convertido la música clásica en una herramienta de inclusión social en el país y que ha dado al mundo nombres como el del director Gustavo Dudamel.

Desde muy pronto quedó claro que Romina no era una alumna más. Su talento la llevó a entrar, por concurso de méritos, en la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela y en la Sinfónica Regional de Portuguesa «José Antonio Páez», dos de los escalones más altos a los que puede aspirar un niño dentro de El Sistema. Compaginaba los ensayos con las clases de quinto grado en el colegio Nuestra Señora del Pilar, donde —según el mensaje de despedida que la propia institución compartió tras su muerte— era conocida por su disciplina y su alegría.

La noche en que en El Vaticano se escuchó su violín

El momento que la hizo conocida más allá de Venezuela llegó en octubre de 2025. Romina formó parte de una delegación de alrededor de 160 niños venezolanos que viajaron a Roma con motivo de la canonización de dos compatriotas, José Gregorio Hernández y Carmen Rendiles. Allí, en el concierto «Santos y Música para Todos», le correspondió a ella interpretar el solo de violín del Danzón n.º 2 del compositor mexicano Arturo Márquez, una de las piezas más exigentes del repertorio latinoamericano para orquesta, ante el propio Papa León XIV.

Las imágenes de aquella actuación —una niña menuda, muy seria, sacando adelante un solo que exige oficio de intérprete adulto— recorrieron después las redes sociales venezolanas y, semanas más tarde, con el anuncio de su muerte, volvieron a circular con un significado distinto: el de una despedida.

Una enfermedad silenciosa

Detrás de la imagen de niña prodigio se libraba una batalla de la que apenas se hablaba en público. Romina padecía fibrosis quística, una enfermedad genética y crónica que hace que el organismo produzca un moco anormalmente espeso, capaz de obstruir progresivamente los pulmones y el aparato digestivo. Es una dolencia hereditaria, sin cura hasta la fecha, y que en países con acceso limitado a tratamientos especializados —como es el caso de buena parte del sistema sanitario venezolano actual— puede complicarse con rapidez ante cualquier infección respiratoria.

Su profesor de Lenguaje Musical, Juan Beneditto, quien acompañó a la familia durante sus últimos días, ha contado que Romina era consciente de su condición desde muy pequeña y que, pese a ello, vivía con una madurez y una serenidad que sorprendían a los adultos a su alrededor. Según su relato, la niña sabía que su enfermedad podía complicarse en cualquier momento, y precisamente por eso procuraba disfrutar de cada día sin dejar que el miedo la paralizara.

Romina

Diez días de hospital y una denuncia de la madre

El desenlace llegó tras un ingreso de diez días en el Hospital Dr. Miguel Oraá de Acarigua-Araure. Romina falleció el domingo 16 de agosto. Días después, su madre, Claribeth Cruz, difundió un vídeo en redes sociales en el que denunciaba lo que considera una atención médica deficiente durante la hospitalización de su hija, y expresó su temor a que otros niños en la misma región puedan atravesar situaciones similares por las carencias del sistema sanitario local. Se trata, por el momento, de una denuncia pública de la familia, sin que exista una investigación oficial confirmada sobre el caso, por lo que conviene tratarla como una acusación y no como un hecho establecido.

La noticia de su muerte fue confirmada por El Sistema de Orquestas Sinfónicas Juveniles e Infantiles de Venezuela, que despidió a la pequeña violinista con un mensaje en el que destacaba su sonrisa, su amor por el arte y el talento que la había llevado a formar parte de sus filas más selectas. Raquel Castillo, directora regional de Portuguesa, la definió como una niña disciplinada, estudiosa y feliz, en unas declaraciones recogidas por medios locales.

Una historia que hace reflexionar sobre el valor de los servicios sanitarios públicos

La historia de Romina ha trascendido las fronteras venezolanas no solo por la singularidad de su talento, sino por lo que su caso simboliza: el de una infancia extraordinaria truncada por una enfermedad que, en otros contextos sanitarios, quizá se habría gestionado de otra manera. Medios de toda Hispanoamérica y también de España se han hecho eco de su muerte, y muchos de ellos han optado por recordarla no por cómo murió, sino por cómo vivió: con un violín entre las manos y la mirada puesta, casi siempre, un poco más allá de lo que su edad hacía previsible.

Queda, de aquella tarde de octubre en el Vaticano, una imagen que sus profesores y compañeros de orquesta repiten como si fuera un consuelo: la de una niña de nueve años sosteniendo, sin que le temblara el pulso, una de las piezas más difíciles que existen para su instrumento, ante uno de los escenarios más solemnes del mundo. Es, probablemente, el retrato que a Romina le hubiera gustado dejar.

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