
Cómo la ultraderecha alemana sortea la prohibición de símbolos nazis: de los emojis a las zapatillas con doble sentido
Tras el sonado éxito electoral de la AfD (Alternativa para Alemania) en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, no han faltado los análisis que alertan sobre el cariz extremista de sus propuestas, especialmente ese concepto de “remigración” que suena más a limpieza étnica que a política migratoria.
Pero más allá del discurso, hay otro frente menos visible, más sutil y quizás más inquietante: cómo los simpatizantes de la ultraderecha alemana han aprendido a comunicarse sin levantar demasiadas ampollas, sorteando una de las legislaciones más estrictas de Europa en materia de símbolos nazis.
El artículo firmado por Tom Birkett, Felix Lummer y Timothy Liam Waters, investigadores de la University College Cork, pone el foco en este juego del gato y el ratón entre la ley y los códigos de la extrema derecha. En Alemania, el código penal prohíbe de forma explícita la exhibición pública de símbolos asociados al nazismo. La norma es tan rígida que hasta la banda de rock KISS tuvo que modificar su logo para el mercado germano, porque las dos eses finales se parecían demasiado a las runas de las SS. Y eso que Gene Simmons y Paul Stanley llevan años insistiendo en que no había ninguna intención nazi detrás del diseño.
Ante este muro legal, la ultraderecha ha tenido que aguzar el ingenio. Si no puedes usar esvásticas ni runas prohibidas, buscas símbolos que, sin ser explícitamente nazis, puedan ser interpretados como tales por quienes saben leer entre líneas. Y ahí es donde entran en juego dos terrenos especialmente fértiles: la moda y los emojis.
La moda como lenguaje cifrado
Lo primero que llama la atención es cómo ciertas marcas de ropa se han convertido en señuelos para los simpatizantes de la extrema derecha. Thor Steinar, por ejemplo, es una marca que usa una runa como logo y vende prendas con referencias a una “raza vikinga”. Sus diseños, a menudo en blanco, negro y rojo (los colores de la bandera alemana entre 1933 y 1945), han sido prohibidos en el Bundestag, en varios parlamentos regionales y en recintos deportivos. La empresa, eso sí, niega cualquier vinculación política: “Vendemos ropa, no una visión política”, dicen. Pero la inteligencia interior alemana la tiene catalogada como marca de la escena extremista.
Otra marca, Erik and Sons, fundada por un ex empleado de Thor Steinar, sigue una línea similar: runas en el logo, eslóganes como “Viking lives matter” y esa misma paleta de colores que evoca el pasado nazi. En Berlín, una tienda que vendía sus prendas en el Europa-Center tuvo que cerrar porque el arrendador no quiso renovar el contrato debido a las connotaciones extremistas de la marca.
Pero lo más curioso es cómo marcas completamente mainstream han sido “secuestradas” por la ultraderecha sin saberlo. Las zapatillas New Balance, con su prominente logo “N”, se han convertido en una forma de señalar “Nazi” entre los simpatizantes. La compañía lo niega rotundamente: “No toleramos la intolerancia ni el odio en ninguna forma”, dicen. Lo mismo ocurre con Lonsdale: si te pones una camiseta de la marca bajo una chaqueta abierta, solo se ven las letras “NSDA”, que recuerdan peligrosamente a las siglas del partido nazi (NSDAP). La marca ha lanzado campañas como “Lonsdale Loves All Colours” y patrocina causas LGTBIQ+ y de ayuda a inmigrantes, pero el daño ya está hecho: el código se ha instalado.
Y luego está The North Face. Sus chaquetas negras con el logo blanco y esa referencia al “norte” han calado hondo entre la ultraderecha, que fetichiza tanto la blancura como la identidad noreuropea. La ubicuidad de la marca permite a los extremistas camuflarse perfectamente. La compañía ha rechazado cualquier asociación con la extrema derecha e incluso boicoteó Facebook en 2020, alineándose con movimientos antirracistas. Pero, de nuevo, el código sigue funcionando.
Emojis: el nuevo lenguaje de la extrema derecha
Si la moda permite señalarse en persona, los emojis hacen lo propio en el mundo digital. Los investigadores del artículo han identificado varios emojis que, usados en ciertos contextos, funcionan como guiños de la extrema derecha. Por ejemplo, el champiñón y el pino, especialmente cuando aparecen junto a runas en la biografía de una red social, pueden señalar afiliación ecofascista o “folkish” (una corriente que mezcla nacionalismo con espiritualidad pagana).
El problema es que estos mismos emojis son populares en cuentas de fantasía, en tendencias como el cottagecore o en perfiles dedicados a la naturaleza y el forrajeo. Es decir: el mismo símbolo que para un ultraderechista es un guiño, para la mayoría de la gente es solo un champiñón. Esa ambigüedad es precisamente lo que busca la extrema derecha: poder comunicarse sin ser detectada, poder decir sin decir, poder estar sin estar.
El objetivo: parecer normales
Al final, la estrategia es clara: si vistes como todo el mundo y usas símbolos que parecen inocentes, no destacas. Tus ideas parecen más mainstream cuando tu estética se funde con la del resto. Y eso es, quizás, lo más peligroso de todo este asunto: la banalización del extremismo, su capacidad para infiltrarse en lo cotidiano sin que apenas nos demos cuenta.
El artículo deja claro que no todo el que lleve unas New Balance en un acto de la AfD es un neonazi, ni todo el que use un emoji de seta en Instagram está coqueteando con el ecofascismo. Pero la existencia de estos códigos, y su eficacia para eludir la vigilancia legal y social, debería hacernos reflexionar sobre hasta qué punto el extremismo se está normalizando bajo capas de aparente inocencia.
Artículo original: How the emojis and fashion choices of Germany’s far-right supporters get around the ban on Nazi symbolism

