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En busca de nuevos aliados para adaptarse al cambio microclimático

En un contexto de crisis climática, la ciencia estudia cómo reforzar las áreas naturales con especies vegetales mejor adaptadas que mantengan el microclima de muchos ecosistemas. Se avanza hacia un paisaje más ‘africanizado’.

Alejandro Valls, técnico del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), realiza mediciones de radiación fotosintéticamente activa bajo una jara en el Parque Natural de Chera-Sot de Chera, Valencia. / Alejandro Muñoz

A mediados del siglo XIX, la superficie de monte alto arbolado en España alcanzó su mínimo histórico: unos 6 millones de hectáreas, frente a los 19,2 millones de hectáreas de superficie forestal arbolada contabilizados por el MITECO en 2022.

Durante décadas, uno de los principales protagonistas de la reforestación nacional fue el pino, por su madera, su resistencia a la sequía y su adaptación a los suelos. Coincidiendo con esta política forestal, en los últimos 60 años la temperatura media ha subido 1,3 grados en España y algunas zonas han sufrido un descenso de precipitaciones, alterando el escenario en el que se plantaron esos árboles hasta el límite de su tolerancia bioclimática.

El pino actúa como especie ‘nodriza’ que protege bajo su sombra a otras plantas, en un microclima en el que la temperatura puede variar hasta 30 grados respecto al exterior. Sin embargo, si estas coníferas empiezan a deteriorarse en un nuevo escenario climático, no solo se pone en riesgo el árbol, sino también su papel ecosistémico.

“No podemos controlar el cambio climático, pero sí el microclima”, explica Miguel Verdú, investigador del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE, CSIC-UV-GVA).

Ganadores y perdedores del cambio climático

Garantizar el microclima en un contexto de cambio macroclimático puede significar apostar por otras plantas nodriza. “Con el cambio climático habrá ganadores y perdedores, pero no podemos seguir apostando por los que sabemos que van a perder”, resume Verdú.

Y para saber qué especies están más adaptadas a los nuevos climas hay que medirlo. En el Parque Natural de Chera – Sot de Chera (Valencia), un equipo de técnicos del CIDE recorre centenares de distintas plantas nodriza y claros tomando mediciones de luz, humedad y temperatura del suelo bajo el romero, la jara o la albaida. Después repiten la operación en claros cercanos, sin vegetación.

“Comparar ambos valores, tanto en el claro como en la nodriza, nos sirve para saber si esa planta está proporcionando un microclima adecuado debajo”, explica Pascual Gil, técnico de campo del CIDE, durante el muestreo.

Ese arduo trabajo manual convive con una red de 500 sensores microclimáticos que el equipo de Verdú mantiene instalados de forma permanente, algunos desde hace año y medio, en Doñana y en varios puntos de la Comunidad Valenciana. Recientemente, el equipo ha incorporado nuevas variables: el papel del suelo y los efectos sobre bacterias y hongos.

La africanización del monte español

Si bien no se puede evitar que suban las temperaturas, sí se puede elegir qué especies plantar como nodrizas para que generen, con su sombra, las condiciones que otras plantas necesitan para sobrevivir.

Medición de radiación fotosintéticamente activa en un claro en el Parque Natural de Sot de Chera-Chera, Valencia. / Alejandro Muñoz

En general, cuanto más ‘moderno’ es el árbol en términos evolutivos, menos sufre. Muchos grandes árboles mediterráneos, explica Verdú, evolucionaron en un clima casi tropical, anterior al clima mediterráneo actual, y no tienen las herramientas fisiológicas para resistir sequías cada vez más duras. Los matorrales pequeños, en cambio, han evolucionado recientemente en un clima mediterráneo y están mejor adaptados a la aridez actual.

Por eso el paisaje está evolucionando hacia la matorralización. Entre las ‘ganadoras’ están las especies iberoafricanas: plantas también presentes en el norte de África y con mejor adaptación a la sequía y al calor extremo. Dos proyectos de restauración recientes ilustran, con matices distintos, cómo se ha aplicado ya esta idea sobre el terreno: uno en el Parque Regional de Calblanque y otro en las dunas de Guardamar del Segura.

Con el cambio climático habrá ganadores y perdedores, pero no podemos seguir apostando por los que sabemos que van a perder

Miguel Verdú, investigador del CIDE

Calblanque: menos pino carrasco, más sabina mora

En el Parque Regional de Calblanque (Murcia), con el que colaboró el CIDE, el protagonista es Tetraclinis articulata, la sabina mora. Esta conífera de origen norteafricano está catalogada como hábitat prioritario por la Unión Europea. El proyecto europeo LIFE Tetraclinis puso en marcha actuaciones para mejorar su hábitat entre 2014 y 2019, muchas de ellas centradas en la competencia con el pino carrasco. En algunas zonas de Calblanque, los últimos episodios de sequía extrema habían causado una mortandad notable de pino.

Técnicos del CIDE tomando mediciones en el Parque Natural de Sot de Chera-Chera, Valencia. / Alejandro Muñoz

Un informe del Grupo de Investigación de Ecosistemas Mediterráneos de la Universidad de Murcia permitió diagnosticar parcela a parcela qué actuación convenía en cada punto del parque: dónde aclarar pino, dónde dejar que la sabina mora u otras especies mejor adaptadas colonizaran por sí solas.

Los cambios de flora en el parque fueron acompañados de una labor de educación social. Se instaló una caseta con personal fijo para explicar a los visitantes por qué se cortaban árboles, se editó un cuento infantil y se hicieron charlas en colegios y asociaciones vecinales. “La gente lo entiende si se lo explicas bien”, resume Andrés Muñoz, que dirigió el Parque durante una década.

 Ya no tenemos el clima del siglo XX; no podemos tener las especies del siglo XX

Miguel Verdú, investigador del CIDE

Los matorrales “son de desierto”

A unos 200 kilómetros de allí, en las dunas de Guardamar del Segura (Alicante), el problema de partida era distinto, pero la solución apuntó en la misma dirección. A principios del siglo XX se plantó un pinar para fijar unas dunas que amenazaban con tragarse el pueblo. Ese pinar, de unos 125 años, estaba al límite de su longevidad y el descenso de las lluvias y el nivel freático provocaba que los pinos jóvenes no lograran sobrevivir.

Cuando la Generalitat Valenciana pidió asesoramiento al CIDE para replantear la restauración, la conclusión fue que no se podía volver a plantar pino. En su lugar, se optó por matorrales autóctonos del sureste peninsular, capaces de tolerar sequías mucho más intensas. Pero los vecinos querían su pinar. “No les gustaban los matorrales porque decían que eso era de desierto”, recuerda Miguel Verdú.

El palmito, una de las pocas palmeras autóctonas de Europa, forma parte del matorral mediterráneo termófilo y contribuye a ofrecer alimento y refugio a numerosas especies. / Alejandro Muñoz

Finalmente se acordó plantar también algunos pinos junto a los principales viales que el ayuntamiento apoyaría con riego. Con todo, Vicente Deltoro, entonces técnico del proyecto, reconoce que la ejecución final no se ajustó del todo al diseño original, por lo que hoy no es posible extraer conclusiones claras sobre su resultado ecológico.

Desafíos para un nuevo paisaje mediterráneo

Sustituir una especie por otra no es un simple recambio. Si desaparece una nodriza —un pino, por ejemplo— y en su lugar crece una sabina mora, ¿son capaces las especies que antes vivían bajo el pino de ‘recablear’ su relación y sobrevivir bajo la nueva nodriza? De momento, algunas especies e interacciones son lo bastante generalistas como para adaptarse y otras corren el riesgo de desaparecer junto con la planta de la que dependían.

Las plantas nodriza, como esta jara, no solo crean condiciones que favorecen la supervivencia de otras plantas, sino que también aportan servicios ecosistémicos. / Alejandro Muñoz

También hay que tener en cuenta que las masas de pino de repoblación, poco diversas y con escasa discontinuidad, arden con más facilidad que un bosque natural en un contexto de elevado riesgo de incendios. Sustituirlas por un mosaico más variado de especies no es solo una estrategia frente al cambio climático, sino también una defensa frente al fuego.

En un clima cambiante, el objetivo es garantizar los servicios ecosistémicos. «Ya no tenemos el clima del siglo XX; no podemos tener las especies del siglo XX», resume Verdú. La ciencia, de momento, ya ha empezado a buscar a los aliados para ese nuevo paisaje.

Lea el original, En busca de nuevos aliados para adaptarse al cambio microclimático.

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