Homenaje a Los Coloraos. El pingurucho, el símbolo de una batalla simbólica. Galería Fotográfica
El acto institucional, cargado de simbolismo, nos ha dado fotos especialmente elocuentes en un ambiente festivo en el que las tensiones partidistas tampoco se aparcan, precisamente en torno a un monumento, el de los Coloraos, que ha sido un símbolo inequívoco de las discrepancias políticas en Almería
Hay monumentos que se limitan a decorar una plaza y otros que, por lo que representan, siguen siendo disputados generación tras generación. El Pingurucho —el monumento a los Mártires de la Libertad que recuerda a los veintidós liberales conocidos como Los Coloraos, fusilados en 1824 por defender la Constitución de Cádiz frente al absolutismo de Fernando VII— pertenece claramente a la segunda categoría. Doscientos años después de aquel fusilamiento, la columna neoclásica que se alza en el centro de la Plaza Vieja de Almería sigue siendo, de manera recurrente, objeto de controversia política. Y no es casualidad: quienes cuestionan su permanencia en ese lugar tienden a coincidir, una y otra vez, con quienes históricamente han incomodado con lo que el monumento significa.

Una historia de derribos que no es fruto del azar
Conviene no perder de vista un dato que resulta revelador: el Pingurucho no ha sido destruido por catástrofes naturales ni por el simple paso del tiempo, sino por decisiones políticas deliberadas. Fue derribado durante la dictadura de Primo de Rivera y, después, en 1943, por orden del alcalde franquista de la ciudad, coincidiendo —no por casualidad— con la primera visita del general Franco a Almería. El dictador que había fusilado a tantos demócratas no podía convivir cómodamente con un monumento que honraba a otros liberales fusilados por defender la libertad. No sería repuesto hasta 1987, gracias a la presión de sectores progresistas de la ciudad que entendieron que la memoria de Los Coloraos no era un capricho anticuario, sino una reivindicación de la propia democracia.

Ese patrón —silenciar el monumento cuando incomoda, reivindicarlo cuando se recupera la libertad— se ha repetido con sorprendente regularidad en las últimas décadas, solo que con formas más sutiles que la demolición directa: el debate, siempre vestido de argumentos urbanísticos o técnicos, sobre si el Pingurucho «debería» cambiar de ubicación.

El eterno debate del traslado
Desde al menos 2015, distintos gobiernos municipales han planteado reiteradamente la posibilidad de retirar el monumento de la Plaza Vieja, ya fuera hacia el Parque Nicolás Salmerón o hacia cualquier otro emplazamiento periférico. Los argumentos esgrimidos suelen apelar a la estética, a la escala de la plaza o a la necesidad de «liberar» el espacio para su remodelación. Pero conviene preguntarse por qué es precisamente este monumento, y no otro, el que reabre el debate cada pocos años, y por qué quienes más insisten en su desplazamiento coinciden a menudo con las mismas sensibilidades políticas que en su día prohibieron cantar La Marsellesa en el homenaje a los Mártires de la Libertad, o que celebraron su demolición en 1943.

La propuesta de traslado impulsada en 2018 tuvo que enfrentarse a la resistencia de asociaciones ciudadanas y a una batalla judicial: el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía terminó por tumbar los planes municipales de reforma de la Plaza Vieja que contemplaban también, de forma velada, el desplazamiento del Pingurucho. Colectivos como la Asociación Amigos de la Alcazaba llegaron a plantear públicamente una pregunta tan sencilla como incómoda para sus promotores: ¿por qué se dañaría el monumento si se trasladara? La respuesta, para muchos almerienses, resulta obvia: un monumento a la libertad solo tiene sentido pleno en el lugar donde la memoria colectiva lo ha situado durante generaciones, junto a la plaza donde se rinde homenaje cada 24 de agosto, no relegado a un rincón secundario de la ciudad.

Voces del ámbito cultural, como la escritora Almudena Grandes, llegaron a manifestarse públicamente contra los proyectos de demolición o desplazamiento del monumento, en sintonía con una ciudadanía que percibe en cada nuevo intento de traslado el eco lejano —pero persistente— de aquella orden de 1943.

De la sospecha al reconocimiento oficial
Frente a este historial de intentos de invisibilización, los últimos años han traído, felizmente, un cambio de rumbo. La Dirección General de Memoria Democrática incoó el expediente para declarar el Pingurucho Lugar de la Memoria Democrática, una figura que en 2024 se materializó en la colocación de la primera placa de este tipo en toda España, con los nombres de los veintidós mártires grabados en el mármol. Ese mismo año, coincidiendo con el bicentenario de la expedición, la investigación histórica impulsada por la Asociación por el Bicentenario de Los Coloraos, con la historiadora Carmen Ravassa al frente, permitió localizar y confirmar científicamente los restos de los fusilados, ocultos desde que el franquismo los desplazara del monumento original en 1948. En agosto de 2025 esos restos regresaron, por fin, a descansar bajo el Pingurucho, cerrando así un círculo de casi ochenta años de olvido impuesto.

Este reconocimiento institucional no es un simple trámite administrativo: es la reparación, tardía pero necesaria, de una injusticia histórica. Devolver a Los Coloraos su lugar —físico y simbólico— en el corazón de Almería es coherente con lo que representaron: hombres que arriesgaron y perdieron la vida por la Constitución, por el sistema representativo y por la libertad frente al despotismo. Cualquier intento de desplazarlos de ese centro, por muy revestido que vaya de razones técnicas, corre el riesgo de repetir, aunque sea sin esa intención confesada, el mismo gesto de arrinconamiento que sufrieron en 1943.

Coherencia histórica, no nostalgia decorativa
Reivindicar a Los Coloraos no es un ejercicio de nostalgia decimonónica ni una cuestión meramente ornamental para el turismo local. Es, sobre todo, un acto de coherencia: honrar a quienes murieron por la libertad exige mantener viva y visible su memoria, no negociar su ubicación cada vez que cambia el color político del ayuntamiento de turno. La libertad que defendieron Los Coloraos en 1824 sigue siendo, doscientos años después, un valor que hay que proteger activamente, también frente a quienes —con más o menos disimulo— prefieren que ciertos símbolos ocupen un lugar discreto y no un espacio central en la vida cívica de la ciudad.

