
El mar está que arde: la temperatura del agua bate récords en el Mediterráneo occidental
El 13 de agosto, las temperaturas superficiales del mar seguían siendo anormalmente altas en una zona muy extensa, según muestra la última visualización de datos del Copernicus Marine Service, el servicio europeo de observación oceánica.
La imagen, elaborada a partir de los datos de Copernicus correspondientes al 13 de agosto, representa gráficamente las anomalías de la temperatura superficial del mar en el Mediterráneo y en el Atlántico más cercano al continente europeo. Los tonos rojos y rojo intenso señalan las zonas donde el agua estaba por encima de su media histórica. Las anomalías más intensas, de hasta unos 6 °C por encima de lo normal, se concentraban en el Mediterráneo occidental, en particular en el golfo de León, frente a las costas del sur de Francia. En el Atlántico, frente a la península ibérica, también se registraron valores superiores a 5 °C por encima de la media. En contraste, algunas zonas del mar Egeo aparecían más frías de lo habitual.
Estos datos no son un caso aislado: coinciden con las lecturas de boyas y estaciones de medición repartidas por todo el Mediterráneo occidental, que durante las últimas semanas han ido dejando registros históricos. Una boya de Puertos del Estado cerca de Sa Dragonera, al oeste de Mallorca, midió 33,02 °C el 5 de agosto, un nuevo récord para el conjunto del Mediterráneo. Días después, otras boyas del litoral catalán —Barcelona, Tarragona— también superaban ampliamente sus máximos habituales para la época del año.
Un verano de récords
Lo ocurrido en el Mediterráneo occidental este agosto se enmarca en una tendencia mucho más amplia. Julio de 2026 igualó a julio de 2024 como el segundo julio más cálido registrado a nivel mundial, con una temperatura media 1,47 °C por encima de los niveles preindustriales, y durante la primera mitad del año en torno al 82% de los océanos del planeta experimentaron condiciones de ola de calor marina, la segunda mayor extensión registrada tras la de 2024. En ese contexto, tanto el Atlántico frente a Europa como el Mediterráneo occidental destacaron por registrar olas de calor marinas de intensidad fuerte o severa.
El fenómeno tiene una base física clara. El Mediterráneo es una de las regiones marinas que más rápido se calienta del planeta, con un ritmo estimado en torno a un 20% superior a la media global según el panel científico MedECC, lo que hace que episodios como el de este verano sean cada vez más frecuentes y probables. En el Atlántico Norte, cerca de un tercio de la cuenca estuvo bajo olas de calor marinas intensas durante la primera mitad de 2026, un exceso de energía que además favorece la formación de bloqueos atmosféricos y periodos prolongados de estabilidad y calor sobre Europa occidental.
El mar se calienta, pero no solo superficialmente
Uno de los aspectos más preocupantes de esta ola de calor es que no se limita a las capas más superficiales del agua. En el golfo de León —una de las zonas señaladas por Copernicus con las mayores anomalías, de hasta 6 °C— los investigadores han detectado que, con determinados regímenes de viento, el calor penetra con fuerza en profundidad: se han medido subidas de temperatura de más de 8 grados a treinta metros de profundidad.
Parte de la explicación está en la propia estructura del mar. La llamada capa de mezcla —la porción de agua superficial que el viento y el oleaje homogeneizan— se ha ido adelgazando en las últimas décadas en toda la cuenca mediterránea. Cuanto más fina es esta capa, peor se reparte el calor y más sensibles se vuelven las aguas profundas a los episodios de calor extremo.
Impacto en los ecosistemas marinos
Los datos de Copernicus no son solo un ejercicio estadístico: sirven para monitorizar olas de calor marinas, evaluar el estado del océano e identificar anomalías térmicas que pueden afectar a los ecosistemas marinos, y las consecuencias biológicas de este verano ya son visibles.
Las temperaturas excepcionalmente altas están sometiendo a un fuerte estrés a especies clave del Mediterráneo, como la Posidonia oceanica —la planta marina que sostiene buena parte de la biodiversidad costera—, así como a corales y gorgonias, además de favorecer cambios en la distribución de especies y el riesgo de desaparición de algunas de ellas. En el delta del Ebro, por ejemplo, el calor extremo ha provocado este año la pérdida de unos 400.000 kilos de mejillón. A más largo plazo, el calentamiento del mar también facilita la llegada de especies invasoras: el Mediterráneo ha recibido en las últimas décadas más de 900 especies procedentes del mar Rojo y del Atlántico tropical que antes no lograban sobrevivir a los inviernos mediterráneos.
Un mar que modifica las condiciones climáticas terrestres
El calentamiento del Mediterráneo y del Atlántico que lo rodea no es un fenómeno que quede confinado al agua. Un mar recalentado modifica la meteorología en tierra firme, sobre todo en verano y otoño: aporta más energía a las borrascas, incrementa la probabilidad de que los restos de ciclones tropicales o tormentas subtropicales lleguen con fuerza a las costas europeas, y contribuye a mantener las temperaturas elevadas en las zonas costeras, en combinación con los sistemas atmosféricos persistentes y la falta de humedad en el suelo.
Las consecuencias sobre la salud humana ya son medibles. Los estudios sobre mortalidad atribuible al calor en España sitúan actualmente en más de 3.800 las muertes anuales relacionadas con el calor extremo, una cifra que corresponde a personas reales —mayores, enfermos cardiovasculares, personas sin acceso a refrigeración— y no a proyecciones futuras.

