
Islandia vota ‘no’ y cierra, por ahora, la puerta a la Unión Europea
El resultado no estuvo claro hasta el final. Los primeros datos parciales, procedentes en su mayoría de la capital, Reikiavik, daban una cómoda ventaja al «sí», que llegó a rozar el 58% con los primeros escrutinios.
Islandia ha rechazado este fin de semana reanudar las negociaciones de adhesión con la Unión Europea, congeladas desde 2013. Según los resultados oficiales publicados este domingo por la radiotelevisión pública RÚV, el «no» se ha impuesto con el 52,8% de los votos frente al 47,2% del «sí», en un recuento que se prolongó durante toda la noche entre vaivenes y que no llegó a resolverse hasta la mañana del domingo.
Una noche de infarto
El resultado no estuvo claro hasta el final. Los primeros datos parciales, procedentes en su mayoría de la capital, Reikiavik, daban una cómoda ventaja al «sí», que llegó a rozar el 58% con los primeros escrutinios. Con cerca de 87.000 votos contabilizados de un censo de aproximadamente 272.000 electores, el «sí» mantenía todavía una ligera ventaja del 51,2% frente al 48,8% del «no». Sin embargo, a medida que fueron llegando los resultados de las zonas rurales del país, la balanza se fue inclinando de forma progresiva y, finalmente, decisiva hacia el «no».
La agencia Reuters, citada por CNN, situó el resultado final en 47,5% para el «sí» y 52,5% para el «no»; Al Jazeera, citando también a RÚV, lo cifró en 47,2% y 52,8%. Las pequeñas diferencias entre unas fuentes y otras responden a distintos cortes del escrutinio a lo largo de la madrugada, pero todas coinciden en lo esencial: una victoria clara, aunque no aplastante, del bloque contrario a reabrir negociaciones con Bruselas.
La participación, según los medios locales, fue igual o superior a la registrada en las elecciones legislativas de 2024, cuando alcanzó el 80% del censo, lo que confirma el intenso interés que despertó la consulta entre los islandeses.
La pregunta, y lo que no cambia
La consulta, de carácter no vinculante, planteaba una única pregunta: «¿Debe Islandia reanudar las negociaciones de adhesión con la Unión Europea?». Una victoria del «sí» no habría supuesto la entrada automática en el club comunitario, sino únicamente el mandato para que el Gobierno regresara a la mesa de negociación con Bruselas; cualquier acuerdo de adhesión resultante habría tenido que someterse después a un segundo referéndum, esta vez sí vinculante.
El resultado tampoco altera, en ningún sentido, la relación actual de Islandia con la Unión Europea: el país sigue formando parte del Espacio Económico Europeo y del espacio Schengen, vínculos que permanecen intactos con independencia del desenlace de la votación.
Un mapa dividido entre la costa y la capital
La geografía del voto confirmó con nitidez el patrón que habían anticipado las encuestas: Reikiavik se inclinó de forma clara por el «sí» —con datos parciales que llegaron a situarlo en el 55,9% en la circunscripción sur de la capital y en el 59,4% en la norte—, mientras que las circunscripciones rurales, con una economía mucho más dependiente de la pesca y la agricultura, votaron de forma mayoritaria por el «no». Ese contraste entre el litoral pesquero y la capital cosmopolita terminó siendo, según los análisis publicados tras el cierre del escrutinio, el factor decisivo del resultado final.
La pesca, otra vez en el centro del debate
Como ya ocurriera en el proceso negociador abortado en 2013, la pesca ha vuelto a erigirse en el argumento más decisivo del «no». El sector pesquero, columna vertebral de la economía islandesa, se opuso de forma casi unánime a la propuesta: en torno al 90% de las empresas del sector se manifestaron en contra de reabrir negociaciones, por temor a perder el control soberano sobre las aguas territoriales del país si estas quedaran sometidas a la Política Pesquera Común europea. La comisaria europea de Ampliación, Marta Kos, había intentado en la recta final de la campaña transmitir un mensaje conciliador, reconociendo que «las especificidades de Islandia en materia de pesca y agricultura son bien conocidas» y que «tendrían que ser consideradas cuidadosamente», además de mostrarse «confiada en que, junto a los Estados miembros, encontraríamos soluciones creativas». El mensaje no bastó para disipar la desconfianza de un sector que, según constató una parte de la prensa internacional, consideraba esas promesas de flexibilidad «insuficientes e inaplicables por adelantado».
No todo el sector se mostró contrario, sin embargo: Arnar Atlason, responsable de la procesadora de pescado Tor, defendió una postura más moderada al considerar que Islandia debería al menos haber entrado en la negociación para comprobar hasta dónde estaba dispuesta a llegar Bruselas. Su posición, con todo, quedó en clara minoría.
Una campaña con más economía que geopolítica
Pese al enorme interés internacional que despertó la consulta —alimentado por las tensiones árticas y las amenazas expansivas de Donald Trump sobre Groenlandia—, el debate interno se centró de forma abrumadora en cuestiones domésticas: los tipos de interés, el coste de la vida y el propio control sobre los caladeros de pesca. El tipo de interés oficial del banco central islandés se sitúa en el 8%, frente al 2,25% del Banco Central Europeo, un diferencial que los partidarios del «sí» esgrimieron como argumento a favor de una eventual adopción del euro, sin que ese argumento resultara suficiente para inclinar la balanza.
Frostadóttir se compromete a acatar el resultado
La primera ministra islandesa, la socialdemócrata Kristrún Frostadóttir, había planteado la consulta como un momento de «ahora o nunca», advirtiendo a los votantes de que una victoria del «no» apartaría la cuestión europea de la agenda política durante el resto de su mandato, que concluye en 2028. Tras conocerse el resultado, el Gobierno confirmó que, en caso de victoria del «no» —como finalmente ha ocurrido—, trasladará al Parlamento (Althing) la decisión sobre si debe retirarse formalmente o no la solicitud de adhesión que Islandia presentó en 2009, y que hasta ahora permanece técnicamente vigente pese a estar congelada desde 2013.
Aunque el referéndum no tiene fuerza legal vinculante, el Ejecutivo se había comprometido de antemano a respetar el resultado de las urnas, y así lo ha confirmado. Los analistas políticos no esperaban que el Gobierno dimitiera en caso de derrota, aunque sí señalan que la coalición tripartita —integrada por formaciones con posturas dispares sobre la propia cuestión europea— podría salir debilitada del envite. Frostadóttir, el ministro de Asuntos Exteriores Thorgerdur Katrín Gunnarsdóttir y la ministra de Educación e Infancia, Inga Sæland, han comparecido conjuntamente ante los medios tras conocerse el resultado para valorar la consulta.
Un golpe para Bruselas y para la narrativa de la ampliación
El resultado supone una decepción para la Unión Europea, que había mostrado una disposición inusual a flexibilizar su postura en materias tan sensibles como la pesca con tal de facilitar la incorporación de un país que, de haber completado el proceso, se habría convertido en el primer Estado contribuyente neto en incorporarse al club comunitario en tres décadas —desde la adhesión de Austria y Suecia en 1995— y en uno de los miembros con mayor renta per cápita de todo el bloque.
Marta Kos evitó cualquier gesto de reproche público hacia Reikiavik: en un mensaje publicado en la red social Bluesky, la comisaria de Ampliación se limitó a señalar que las negociaciones de adhesión «reflejan siempre las realidades específicas de cada país candidato», una manera diplomática de asumir el resultado sin cerrar del todo la puerta a un futuro proceso.
Una cuestión aplazada, no resuelta
El desenlace de este referéndum entierra, en la práctica, la vía europea para Islandia durante al menos los próximos dos años, y probablemente durante un plazo bastante más largo. La solicitud de adhesión de 2009 —congelada, pero nunca retirada formalmente— queda ahora en manos del Althing, que deberá decidir si opta por archivarla de manera definitiva o por mantenerla en ese limbo jurídico en el que ha permanecido durante más de una década.
Con todo, el debate de fondo que ha marcado esta campaña —la tensión entre la soberanía pesquera y las ventajas económicas y de seguridad de una integración más estrecha con Europa, en un contexto internacional cada vez más incierto— no ha desaparecido con el recuento de votos. Islandia ha decidido, por ahora, seguir gestionando esa tensión desde fuera del club comunitario, aunque atada a él, como lleva haciendo desde hace más de tres décadas, a través del Espacio Económico Europeo.

