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Cómo Irán involucra a los ciudadanos en la vigilancia política

Según las noventa entrevistas que realizó el autor con iraníes de entre 17 y 52 años, mucha gente no delata por convicción ideológica, sino porque se ve obligada.

Vivimos en tiempos en los que la vigilancia estatal parece cosa de películas de espías o de regímenes totalitarios del siglo pasado. Pero lo que cuenta Arash Beidollahkhani, investigador de la Universidad de Mánchester, en este análisis, es que en Irán la cosa va mucho más allá de cámaras, micrófonos o escuchas telefónicas. Aquí el sistema de vigilancia se ha metido de lleno en la vida cotidiana de la gente, hasta el punto de convertir a ciudadanos corrientes en informadores del poder.

El artículo, que se lee con un nudo en el estómago, explica cómo el régimen iraní ha logrado tejer una red de delación que recuerda a lo peor de la Unión Soviética de Stalin o a la Stasi de la Alemania Oriental. Solo que aquí no hace falta que te vigile un policía secreto desde una furgoneta: basta con que tu compañero de trabajo, tu vecino del rellano o incluso un amigo de confianza decida pasarle un audio, una captura de pantalla o un comentario tuyo a las autoridades.

Lo más inquietante no es solo que exista esta red, sino cómo funciona. Te ofrecen un ascenso, unas mejores notas, un trato de favor en la universidad o simplemente te amenazan con despedirte, expulsarte de los estudios o hacer daño a tu familia si no colaboras. Como resume uno de los testimonios: “Sentía que no tenía otra opción”.

Pero tampoco hay que pensar que todos son víctimas. Una parte importante de los informadores lo hace por envidia, por rivalidad laboral o por rencillas personales. El sistema, en el fondo, aprovecha lo peor del ser humano y lo pone al servicio del Estado. Y luego está el grupo de los convencidos, los que creen de verdad que están haciendo un “servicio a la República Islámica” al denunciar a quien critica al líder supremo, cuestiona la hostilidad hacia Estados Unidos e Israel o simplemente se atreve a hablar de protestas.

Las consecuencias, claro, son demoledoras. Quien es denunciado puede perder el trabajo, acabar en la cárcel, ver su reputación hecha añicos o ser excluido socialmente. Pero quien delata también carga con el peso: culpa, ansiedad, miedo a que se sepa y a que sus propios amigos le den la espalda. “Después de darles información, ya no podía mirar a mis amigos a la cara”, confiesa uno de los entrevistados.

Lo más perverso es que este sistema no necesita estar vigilando a todo el mundo todo el tiempo. Basta con que la gente crea que puede estar siendo observada en cualquier momento. Eso genera una autocensura brutal: te callas, te mides, dejas de compartir lo que piensas, incluso en privado. Al final, el miedo hace el trabajo sucio por el régimen. Y eso, explica el autor, es lo que permite que un gobierno autoritario se mantenga en el poder incluso cuando hay descontento masivo.

Las protestas de 2019, 2022 y las de principios de 2026 demostraron que hay mucha gente dispuesta a salir a la calle. Pero en cada ocasión, el Estado respondió usando esta red de soplones y la vigilancia digital para identificar a los participantes, detenerlos, juzgarlos y, en muchos casos, ejecutarlos. El mensaje queda claro: puedes protestar, pero luego te encontramos.

Artículo original publicado en The Conversation, How Iran draws citizens into political surveillance

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